Por  Felipe de J. Monroy

Estamos a dos años de realizar el Censo Poblacional en México; será uno de los estudios estadísticos más reveladores de la realidad nacional y hará reflexionar a varias generaciones. Con base en algunas observaciones de la vida cotidiana es muy probable que el censo constate grandes cambios en la configuración social mexicana tras el segundo decenio del siglo XXI; pero es evidente que ninguna será tan alarmante como los datos sobre el decrecimiento en la tasa de natalidad y las primeras pistas del ritmo y la tendencia en el envejecimiento del país. Y aún antes de conocer los datos precisos de la estadística, hay varias pistas que nos advierten que estamos ante los primeros vientos del invierno demográfico en México.

Pero, ¿qué es el invierno demográfico?

Sociólogos y antropólogos modernos llevan varias décadas llamando «invierno demográfico» a un fenómeno en el que ciertos grupos poblacionales entran en un proceso en el que su tasa de natalidad decrece en tendencias alarmantes, mientras que la restitución generacional de la población económicamente activa pone en riesgo modelos laborales y de mercado tradicionales; y donde, finalmente, la supervivencia de las generaciones más viejas también obligan a los gobiernos a  atender las singulares necesidades de una gran base poblacional ubicada en el rango de la tercera edad (pensiones, sistema de salud, vivienda y fuentes alternativas de trabajo).

El invierno demográfico es una manera de señalar muy diversos fenómenos socio-culturales que lo causan y otros tantos que se producen debido a él. ¿Ha escuchado que «el continente
europeo es viejo»?

¿Ha visto cuáles son los efectos migratorios tras el estancamiento poblacional en países como Alemania, Francia, España o Inglaterra? ¿Ha visto por qué en esos lugares comienza a crecer la moda de restaurantes «family friendly» cuando en América aún seguimos copiando la moda «pet friendly» y «sin niños» que tenían aquellas naciones hace un par de décadas?

¿Ha llegado a oír que las parejas sin hijos o las mujeres sin hijos son más exitosas en el mundo contemporáneo? ¿A qué cree que se deban todos estos fenómenos?

En realidad hay varias teorías sobre las causas que provocan este fenómeno demográfico. Entre las más aceptadas es la implementación y aceptación popular de un modelo de consumo y mercado a finales de la Guerra Fría. El neoliberalismo, la globalización y el relativo control sobre los conflictos en el mundo impulsaron a grandes poblaciones a buscar satisfactores de propiedad y de consumo. Con la guerra bajo control y nuevas y exóticas expectativas de consumo, las sociedades del primer mundo apostaron su vida a trabajar para disfrutar. Pronto, tanto los países desarrollados como los países en vías de desarrollo (que viven de la expectativa por alcanzar a los primeros) llegaron a la conclusión que los mejores lujos de la Tierra no son democráticos y lanzáronse a una despiadada competencia por algo que se ha llamado «éxito»

Y reinventaron una frase: «Sin sacrificio no hay éxito». Y lo que comenzó siendo un sacrificio (por ejemplo, que las mujeres postergaran la maternidad para alcanzar las metas profesionales anheladas), se convirtió en una aparente norma, un modelo cultural aceptado y recomendado.

Sin ir lejos, México pasó de una tasa de natalidad por encima del 45 nacimientos por cada mil habitantes en 1960 a 18 nacimientos por cada mil habitantes en 2016, y las mujeres mexicanas que solían gestar una media de 6.7 hijos ahora el promedio de hijos por mujer es de 2.11.

Esto, aunque pareciera apenas anecdótico, es un muy sustancial cambio en las dinámicas sociales y económicas de toda una población. Estos comportamientos repercuten en temas tan variados como el sistema de pensiones, la promoción del aborto, el modelo educativo, la migración o hábitos de consumo social.

Tal como se ha experimentado en las naciones europeas (donde se constatan con mucha claridad los efectos del invierno demográfico), la ausencia de una base laboral joven genera dos problemas: el colapso de sistemas de pensiones de responsabilidad social y la necesidad de inmenso volumen de mano de obra que es atendido en buena medida por la migración de los países en conflicto o en vías de desarrollo.

La falta de horizonte de digna supervivencia junto a la familia produce fenómenos como el suicidio en adultos mayores y hasta la fascinación cultural por «la muerte asistida»; mientras que la migración genera tensiones culturales que requieren mucho esfuerzo de mutua integración y respeto.

Por si fuera poco, la búsqueda del éxito económico y social ha proscrito del escenario cultural prácticamente a la familia numerosa (o a las familias con más de dos o tres hijos). Culturalmente se promueve como modelo de éxito a las parejas sin hijos con doble ingreso, a las parejas del mismo sexo y a las mujeres que abortan sólo para no interrumpir su desarrollo profesional pero que a la vuelta de los años (cuando ya son suficientemente exitosas) deben recurrir a métodos de fertilización arriesgados o a la esclavitud de otra mujer disfrazada de acuerdo comercial para alquilarle el vientre, inseminarla y arrendar su cuerpo por nueve meses.

Contrario a lo que podría imaginarse, el invierno demográfico no sólo implica un futuro con menos niños sino donde los muchos niños y muchos ancianos no pueden ser subsidiados por el trabajo de la población económicamente activa ubicada en la juventud y madurez.

¿Tenemos este tipo de problemas en México?

En los centros urbanos es evidente que el país padece una sobrepoblación, que los embarazos adolescentes son un problema también socio-cultural demasiado grave como para no atenderlo, que la falta de infraestructura de servicios educativos, hospitalarios y la falta de fuentes laborales gritan al unísono que no vivimos un invierno demográfico, sino un hervidero procreador y una mayor supervivencia de ancianos donde mucha gente se pelea los jamás suficientes recursos y lucha por ocupar los escasos espacios de desarrollo, participación, seguridad social y convivencia.

¿Cómo podríamos hablar de invierno demográfico cuando 11 millones de jóvenes están excluidos del sistema laboral, cuando cada año 600 mil adolescentes quedan fuera de la educación media superior, cuando uno de cada cinco embarazos en el país es de una madre adolescente, incluso cuando Forbes afirma que el negocio del futuro para México está en el rubro de gastos geriátricos porque hacia el 2050 la cuarta parte de los mexicanos serán ancianos?

Actualmente, el 76% de los connacionales opina que padecemos sobrepoblación y la tendencia indica que la supervivencia de ancianos junto a una fecundidad relativamente baja en mujeres nos convertirá rápidamente en un país envejecido. Que ante esa proyección debemos pensar muy bien qué tipo de país queremos ser, qué debemos resguardar y qué debemos promover para afrontar mejor los inevitables y gélidos vientos invernales.

TEMA DE LA SEMANA: ¿ESTAMOS DENTRO DEL INVIERNO —O DEL INFIERNO— DEMOGRÁFICO?

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 8 de julio  de  2018 No. 1200