Por Jaime Septién

Se les critica mucho. Que si están pegados al celular. Que si ya no tienen conciencia del valor de las cosas. Que si lo único que saben hacer es «pasársela bien», etcétera. Son los nacidos entre 1984 y 2000. Los «milenials» o la Generación Y. Jóvenes que crecieron «con un chip integrado» y que se muestran con una enorme capacidad de adaptación a los cambios que a la Generación X, la anterior, y todavía más a los que provenimos de entre la quinta y la sexta década del siglo pasado, nos cuesta mucho trabajo siquiera entender de qué van.

Como no los entendemos, los criticamos. Pero quizá esté fraguándose en ellos un nuevo modelo de vida comunitaria, de trabajo y de relación con la naturaleza que apenas si podemos imaginarlo ahora. Por lo pronto, es fácil detectar que son mujeres y hombres mucho mejor dispuestos a entender el mensaje del Papa Francisco, por ejemplo, sobre el cuidado de la casa común. Y más solidarios, más movidos, más colaboradores y emprendedores.

Sin embargo, hay algo en ellos que, en general, nos los hace distantes: su indiferencia de Dios, la Iglesia, la religión y los dogmas que sustentaron a sus abuelos, a sus padres. Es ahí donde podemos -debemos- moldearlos. Explicándoles la riqueza del Evangelio, la pureza de las palabras cristianas, el modelo liberador que propone con su amoroso testimonio Jesús de Nazaret.

Ellos podrán salvar nuestro planeta de los horrores que hemos cometido en su contra. De nuestra parte, que no quede pendiente hablarles de la santidad.

TEMA DE LA SEMANA: LOS JÓVENES Y EL SÍNODO QUE VIENE

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 12 de agosto de 2018 No.1205