Por Diego García Bayardo

La Nueva España a principios del siglo XIX era un lugar lleno de contrastes. La clase más alta, constituida por altos funcionarios coloniales, los grandes comerciantes dedicados a la exportación y los dueños de las minas, gozaba de una prosperidad impresionante. Pero cada vez eran menos los ricos y casi toda la riqueza iba directamente a España.

La clase media, formada principalmente por criollos, sufría el problema del desempleo crónico  y a gran escala que siempre caracterizó al régimen virreinal. Dedicada a la burocracia, al sacerdocio o la abogacía, ésta era, sin duda, la clase intelectual del sistema. De ella surgieron los ideólogos y líderes del movimiento insurgente.

La clase baja también tenía un marcado origen racial. Estaba formada por indios y castas.

Los indios estaban exentos del pago de diezmos, pero pagaban impuestos a la Corona, no podían vender libremente su fuerza de trabajo, poseían pocas y malas tierras y, desde el punto de vista jurídico, eran tratados como menores de edad.

Las castas, incluyendo al importantísimo grupo de los mestizos, constituían  el sector más productivo y trabajador, pero no tenían posibilidad alguna de desarrollo y tenían prohibido hasta el recibir órdenes sagradas.

Por tanto, cada clase tenía distintos problemas y aspiraciones, y por eso cada clase entenderá la revolución de independencia de un modo distinto.

Fueron dos los grandes incidentes históricos que empujaron a los criollos a iniciar la guerra contra España. Primero vino la real cédula de 1804, promulgada por el rey Carlos IV, que enajenaba las tierras de la Iglesia y exigía que se hicieran efectivas las hipotecas, para obtener el dinero y enviarlo a las arcas reales; casi todos los terratenientes le debían dinero a la Iglesia, que era la única institución que les prestaba capital a largo plazo y con bajo interés, y buena parte de las tierras novohispanas estaban hipotecadas. Al aplicarse esa cédula que expropiaba los derechos de crédito de la Iglesia, miles de propietarios de tierra perdieron todo lo que tenían.

El segundo incidente fue el golpe de estado contra el virrey Iturrrigaray. Napoleón había invadido España en 1808 y el rey estaba prisionero. Sin soberano legítimo, los reinos españoles nombraron juntas de gobierno autónomas. En la Nueva España el virrey Iturrigaray y los criollos trataron de hacer lo mismo. Asustados los españoles residentes en México, se levantaron en armas, apresaron al virrey y a los líderes del grupo criollo, asesinaron a varios de ellos e impusieron un duro control sobre la colonia.

Es en este contexto en el  que surgirá la conspiración de Querétaro.

TEMA DE LA SEMANA: ¿QUÉ FUE EXACTAMENTE “EL GRITO DE DOLORES”?
Publicado en la edición impresa de El Observador del 16 de septiembre de 2018 No.1210