Por el P. Fernando Pascual

Hay campañas sobre muchos temas y a diversos niveles: desde la campaña en una familia para ahorrar electricidad, hasta las campañas mundiales para reducir el consumo de tabaco.

Detrás de cada campaña hay dos elementos fundamentales. El primero: suponer que la meta propuesta ayudará a conseguir mejoras. El segundo: solo se alcanzará tal meta si muchos (ojalá todos los implicados) se suman a la campaña.

El primero de esos elementos se construye desde una visión de la existencia humana en la que se contraponen males y bienes, a niveles diferentes y según valoraciones mejor o peor justificadas.

Lo que es considerado como malo (gastar mucho dinero en electricidad, tener un elevado riesgo de cáncer, en los dos ejemplos dados al inicio) debe ser erradicado, en vistas a conseguir lo propuesto como bien (ahorrar, disminuir el número de enfermos de cáncer).

Ya en este nivel pueden surgir problemas y discusiones. ¿Estamos seguros de que lo considerado como malo lo sea realmente, y lo que exaltamos como bueno sea lo correcto? En algunos casos la respuesta parece obvia, mientras que en otros no lo es tanto.

Pensemos, por ejemplo, en una campaña orientada a plantar pinos en una determinada región geográfica. ¿De verdad esos pinos son los árboles más adecuados y seguros para esa zona, los que producirán beneficios para el territorio y para el ambiente en general?

Si ponemos la mirada en el segundo nivel (alcanzar una meta depende del número y calidad de adhesiones a la misma), salta a la vista la importancia de la libertad humana, llena de incógnitas y no siempre abierta a campañas y propuestas ajenas.

Profundizar en estos aspectos evidencia la importancia de elaborar una correcta base ética para distinguir adecuadamente entre lo bueno y lo malo; y de una antropología que ayude a comprender esa dimensión tan rica y tan enigmática que llamamos con una expresión necesitada siempre de nuevos estudios: la libertad humana.