Por Jaime Septién

Estimado amigo: como tú, yo también he quedado estupefacto con el informe de Pensilvania, con la conducta del ex cardenal McCarrick, con la protección de obispos a pederastas, con el abuso a jóvenes seminaristas y, si mucho me apuras, me he quedado atónito con la carta del arzobispo Viganò, en la que pide, ni más ni menos, la renuncia del Papa por no hacer nada para parar la crisis de homosexualidad que, según Viganò, recorre la Iglesia, sobre todo en Estados Unidos.

Mira, no te voy a decir que estoy tranquilo. La Iglesia universal está sufriendo el peor de los embates que puede sufrir: el de sus propios miembros. Ya no son los enemigos de fuera los que la están saboteando; son los enemigos de dentro. Hoy ya no tenemos el recurso de hablar de batallas en contra. Los generales que dirigen las tropas contra el mal son aquellos que deberían defenderla contra el pecado y la mundanidad.

¿Es el fin? No, no lo es. Es el principio de una nueva forma de vivir la fe; una nueva manera de encontrar en nosotros, en cada uno, en ti y en mí, el camino que lleva al corazón de Jesús, siendo más fieles, más puntuales en nuestras obligaciones, más caritativos y más buenos.

El dedo acusador, del que hemos exagerado su uso, se ha vuelto contra nosotros. Somos los testigos y los que estamos en el banquillo. Ante la catarata de horrores que nos dispara la prensa, sé que te puedes sentir avergonzado de pertenecer a la Iglesia. No saques conclusiones rápidas. Piensa lo que le respondió un Papa a Napoleón cuando afirmaba que iba a destruir a la Iglesia: si en dos mil años no hemos podido nosotros, cuanto menos lo podrás hacer tú en dos semanas…

Ah, pero sí podemos construirla. Dejando de ver la paja en el ojo ajeno. Empezando a madurar. Ya podemos asumir la responsabilidad de ser católicos de tiempo completo. Y dejar de criticar al prójimo como justificación y salida fácil de la ira. Te lo digo con sinceridad y aprecio.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 2 de septiembre de 2018 No.1208