El «Intermedio» de la Suave patria, del poeta mexicano Ramón López Velarde, dice así:

Cuauhtémoc

Joven abuelo; escúchame loarte
único héroe a la altura del arte.

Anacrónicamente, absurdamente,
a tu nopal inclínase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.

No como a César el rubor patricio
te cubre el rostro en medio del suplicio:
tu cabeza desnuda se nos queda
hemisféricamente, de moneda.

Moneda espiritual en que se fragua
todo lo que sufriste: la piragua
prisionera, al azoro de tus crías,
el sollozar de tus mitologías,
la Malinche, los ídolos a nado,
y por encima, haberte desatado
del pecho curvo de la emperatriz
como del pecho de una codorniz.

En su obra, López Velarde ensalzó poéticamente su idea no histórica ni política sino íntima de México. Sólo exaltó una figura que consideró rescatable del panteón patriótico que impone la historia oficialista: la de Cuauhtémoc.

Dicen los analistas que de este modo estaba poniendo a los envejecidos «padres» de la patria liberal, indignos de la pureza del arte, en contraste con el «joven abuelo», último emperador azteca y muerto en plena juventud, entre los 24 y 25 años de edad. Al mismo tiempo, López Velarde no estaba abanderando un indigenismo en el que no creía.

Cuauhtémoc, en la defensa de Tenochtitlan, fue un héroe bárbaro que luchó por una causa que él creía justa. Y al rendirse dijo a Cortés:

«Señor Malinche, he cumplido con lo que estaba obligado en defensa de mi ciudad y de mis vasallos… y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, haz de mí lo que te plazca».

Vencido y hecho prisionero, sobrevivió cerca de cuatro años. Gozó de cierta libertad y nunca dejó de ayudar a su pueblo. Su conversión al cristianismo fue indudable.

Durante el viaje hacia las Hibueras (Honduras), tuvo la oportunidad de matar a Hernán Cortés y escapar; pero tomo la decisión de no hacerlo. Así, fue el héroe que todo lo sacrificó a su nueva y sólida fe, subordinando sus ambiciones personales a la difusión del cristianismo. Porque sabía, además, que si mataba a Cortés y aniquilaba a la escolta de españoles, tendría que volver a su antigua religión.

 

Cuando le echó en cara a Hernán Cortés la injusticia de condenarlo a muerte, lo pudo hacer con la suprema dignidad que le había dado el Bautismo:

«Me matas sin justicia. Dios te lo demande».

Y murió Cuauhtémoc como una víctima que reclama su derecho a la vida, pero sin miedo y sin odio, sino con una fe inmensa en el único Dios verdadero.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: LA CAÍDA DE MÉXICO-TENOCHTITLAN, 13 DE AGOSTO DE 1521

 

Publicado en la edición impresa de El Observador del 19 de agosto de 2018 No.1206