Por Sergio Ibarra

La seguridad interna es un conjunto de dimensiones que le hacen ser un fenómeno complejo, tanto para entenderle, como para cuidarle. Una de estas dimensiones es el empleo y su compañera inseparable, la pobreza. El siglo XX trajo un aceleramiento sin antecedentes por la cantidad prácticamente imposible de contar de inventos para el bienestar social. Sin embargo, así como ha traído progreso, conocimiento y tecnología, trajo el urbanismo y, con ello, nuevas formas de pobreza. Una de ellas lacera y lastima la dignidad de millones que viven bajo condiciones urbanas indignas. El hombre vive esta brutal paradoja: en la medida en que hay más progreso, hay mayor marginación.

La pérdida de la dignidad se volvió común en las sociedades modernas. La pobreza urbana tiene que ver con el desempleo, con la carencia de hogar, de alimento, de educación y de vestido; tiene que ver con la carencia de cosas elementales. No hablamos de tener laptops o smartphones. La pobreza previa al mundo urbano era distinta: las personas vivían en el campo, mal que bien los hacendados les proporcionaban donde vivir y un trabajo, y existían comunidades.

Las manifestaciones sociales evolucionaron y se multiplicaron aquí, allá y en todas partes. En México ya nos acostumbramos a ellas, con bloqueos de avenidas y carreteras. La caravana de los hermanos hondureños que hoy atraviesa nuestra Patria es una manifestación de la indignación social. Si todo esto es parte de la vida diaria es porque la indignación tal parece que nos está ganando la partida.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 18 de noviembre de 2018 No.1219