A pesar de que el padre Serra murió con una extensa reputación de santidad, y que por más de dos siglos su labor fue elogiada tanto en ambientes religiosos como seculares, sucedió que en 1980, cuando fue beatificado por Juan Pablo II, no faltaron las protestas; y lo mismo ocurrió en septiembre de 2015, en torno a su canonización.

Los enojos originados por la leyenda negra antiespañola, que también se ha ensañado contra fray Junípero, han llegado a tal que pocos días después de su canonización fue atacada la Misión de San Carlos, donde está sepultado este franciscano. Los atacantes tiraron estatuas del jardín y pintarrajearon las lápidas de las tumbas del cementerio con la frase «Santo de genocidio».

Igualmente, el senador abiertamente homosexual y anticatólico Ricardo Lara pretendió que se quitara la estatua de fray Junípero Serra que se encuentra en la Sala Nacional de las Estatuas, del Capitolio de Washington, D. C., como memorial de los personajes que forjaron lo que hoy es Estados Unidos.

A fray Junípero Serra se le ha querido acusar de realizar en la Alta California un «genocidio cultural», de imponer con violencia el cristianismo a los aborígenes, de esclavizarlos y hasta de eliminarlos.

Norma Flores, de familia indígena gabrileña, una de las activistas contrarias a la canonización, declaró al Santamaria Sun que el padre Serra fue el «Adolf Hi-tler de California».

Según denunció Luis de la Torre Ruiz, en una nota de Semanario, el órgano informativo de la arquidiócesis de Guadalajara, se trabajó para «hacer que los grupos indígenas, ahora en reservas territoriales, hicieran públicas sus protestas, asesorados por dirigentes y liberales metodistas o anabaptistas, del séptimo día y pentecostales».

En este sentido hay que recordar que la leyenda negra antiespañola fue inventada precisamente por naciones protestantes, exagerando los errores de los españoles e inventándoles muchos más; pero los verdaderos historiadores ya los han desmentido en innumerables ocasiones.

Acudiendo a la realidad histórica, lo primero que hay que decir es que las misiones católicas no eran plantaciones de esclavos, como las que crearon los ciudadanos protestantes en los estados sureños; por ello, comparar estas dos realidades es injusto, señala James A. Sandos en su libro Converting California. Mientras las plantaciones de los estados del sur de EUA buscaban enriquecer a sus dueños, las misiones buscaban alimentar y sostener a sus habitantes indígenas. A veces se da por sentado que los indígenas de la Alta California vivían una especie de vida paradisiaca; pero, contrariamente a este mito, los nativos se vieron atraídos por los alimentos y la calidad de vida que proporcionaban los misioneros.

Así como hubo españoles buenos y justos en América, también hubo otros que fueron malos, y a éstos les hizo frente fray Junípero para defender a los indígenas; por ejemplo, cuando españoles al mando de José de Escandón intentaron reclamar más tierras de los nativos californianos.

Ciertamente pasaron cosas graves en la Alta California; por ejemplo, en la misión de San Gabriel. Ahí el teniente Pedro Fages y más tarde gobernador había prometido tratar a los aborígenes con dignidad, pero permitió que sus soldados violaran a la esposa del jefe del pueblo de Tongva, lo que hizo que dicho pueblo atacara la misión. Fages venció en la batalla y hasta levantó la cabeza del jefe en una pica.

Estas acciones fueron condenadas por fray Junípero como los «crímenes más atroces», y el beato incluso viajó en 1773 hasta la ciudad de México, capital de la Nueva España, para quejarse ante el nuevo virrey del desenfreno contra los pueblos nativos.

En cuanto a los asuntos de la fe, los indígenas nunca fueron obligados a convertirse a la fe católica. En las misiones fray Junípero tocaba las campanas para invitar a los nativos a Misa, mientras gritaba: «¡Vengan, vengan a recibir la fe de Jesucristo!». Se encargó de que ellos eligieran voluntariamente si querían unirse la Iglesia y vivir en la misión después de un período de catequesis. Y sólo si ya eran habitantes de la misión y cometían alguna falta grave recibían un castigo, como ocurre en cualquier sociedad, y que en ese entonces se estilaba en todos lados que fuera un castigo corporal.

En lo que respecta al cargo de «genocidio cultural», hay que tener en cuenta que, de acuerdo con los patrones exploratorios de la época, la colonización de la Alta California era inevitable; si los españoles no lo hubieran hecho, lo habrían realizado los rusos o los ingleses, que intentaban disputarse la costa noroeste de la Nueva España. En este caso, los misioneros franciscanos contribuyeron a amortiguar el gran choque cultural que suponía para los indígenas, invitándolos a sumarse al cambio de manera voluntaria, algo muy distinto del exterminio deliberado de los aborígenes que se perpetró en la mayoría de los lugares colonizados por protestantes.

Para el caso de la Alta California, hay que decir finalmente, aunque esta realidad histórica resulte incómoda, que la situación de los indígenas se empezó a deteriorar primero tras el abandono y desmantelamiento de las misiones, y, después, a consecuencia de la fiebre del oro y de la incorporación de California a Estados Unidos en 1850.

Un tríptico editado por la Huntington Library de Los Ángeles para una exposición histórica sobre las misiones franciscanas describe que también dañó a los nativos «la actitud casi exclusivista de un gran número de ciudadanos estadounidenses que desbordaron con su presencia la región», por lo que «el resto de la población indígena fue diezmada y desposeída, forzada a instalarse en campos más improductivos y en un sistema de trabajo que explotó a los obreros». Con esto, «los indígenas vieron desaparecer casi todos los derechos que habían conservado bajo el mandato español y mexicano».

Redacción

ASÍ INTERCEDÍA POR LOS NATIVOS 

El siguiente ejemplo histórico, recogido por monseñor Francis J. Weber, archivista emérito de la arquidiócesis de Los Ángeles y autor de numerosos libros sobre Junípero Serra y las misiones de California, permite descubrir cómo era fray Junípero Serra en su trato con los indígenas:

En 1775 «veinte indígenas capturados fueron sentenciados a muerte después de que un ataque indígena a la misión de San Diego dejara como saldo un fraile muerto. En esa ocasión Serra escribió de inmediato al virrey y le recordó su solicitud anterior de que ‘en caso de que los indígenas, ya fueran paganos o cristianos, me maten [a mí o a otros frailes], deben ser perdonados’. El virrey aceptó nuevamente y los indígenas fueron liberados».

TEMA DE LA SEMANA: LOS PASOS DE SAN JUNÍPERO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 18 de noviembre de 2018 No.1219