Por Jaime  Septién

Para Valentina

En una de las charlas que el padre Chevrot dio en Radio Luxemburgo -luego editadas por Herder bajo el título de Las pequeñas virtudes domésticas- habla de la Navidad como «la fiesta de la esperanza».  Yo creo firmemente en esto.  No solo la esperanza de que vengan «tiempos mejores» para la familia, para el país, para el mundo, sino también la esperanza de encontrar un sentido a nuestra vida, independientemente de los años que nos haya concedido Dios.

¿La esperanza como «pequeña virtud doméstica»?, se pregunta Chevrot.  ¿Qué no es ella una de las tres «graves» virtudes teologales?  Sí, pero esa «gravedad» o se refleja en lo cotidiano, o no es nada.

Para entenderla, hay que acatar las lecciones de los ojos de los niños frente al pesebre que instalamos en casa: cómo nace Jesús en sus pupilas, en su corazón pequeño de gigantes, en su sonrisa dilatada hasta el acto mismo de la Creación.

Y sacar de ellos -de esos ojos maravillosamente libres, cuidadosamente inocentes- como de una fuente, el agua viva que nos nutre: el amor sin condiciones; la pobreza riquísima de un Niño que cambió la historia y que, de veras, transformaría los afectos cuando superáramos la presencia tóxica del egoísmo que nos llena de sombras.

Graham Greene solía decir que si conociéramos la historia que hay detrás de cada una de las partes de la Creación, tendríamos compasión hasta de los gusanos y de las estrellas.  ¡Ésa es la verdadera esperanza que brota de los niños, del Niño Jesús!  Suspender, por un minuto, la desazón que acompaña nuestros días y dar ese sí a la vida, al amor y al perdón; ese sí «que glorifica» y que nos da la serenidad de la Sagrada Familia en Belén.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 23 de diciembre de 2018 No.1224