Una vez que México logró su independencia, las costumbres navideñas no se modificaron.

Una mujer extranjera dejó testimonio de ello en sus escritos: Frances Erskine Inglis de Calderón de la Barca. Nació en Escocia pero se crió en Estados Unidos, donde conoció y se casó con el diplomático español Ángel Calderón de la Barca. Ella tenía un alto nivel de educación, tocaba el piano y dominaba las principales lenguas modernas de su época. Abandonó el protestantismo y se hizo católica, y cuando su marido fue enviado como primer embajador de España en México, vino con él.

La intensa relación epistolar que mantuvo con su familia en Estados Unidos describía, además de su situación personal, la vida cotidiana, las costumbres, la cultura y los sitios que visitaba. En 1843 ella seleccionó 54 cartas para su publicación como libro con el título «La vida en México durante una residencia de dos años en ese país», que se publicó entonces en Boston y en Londres. Esto es lo que escribió sobre las Navidades que le tocó vivir en la nación mexicana:

▶ «¡Nochebuena en Puebla! La habitación estaba llena de visitas que habían venido a visitar a Calderón por su llegada y, al decir verdad, la sala era magnífica, con sillas y sofás de color escarlata. No obstante, yo estaba impaciente por ver algo. Como teníamos que abandonar Puebla muy temprano, me prohibieron ir a Misa de Gallo. Propuse ir al teatro, donde se escenificaba un Nacimiento; una representación de acontecimientos relacionados con el nacimiento de Cristo, tales como la Anunciación, la Sagrada Familia, la llegada de los tres Reyes Magos de Oriente, etcétera. Después de mucho deliberar se decidió no ir».

▶ «Navidad, 1839. Son aproximadamente las tres, pero me desperté desde hace una hora debido a los himnos que indican el comienzo de la Navidad. Me asomé a la ventana y vi borrosamente grupos de niñas vestidas de blanco, que cantaban a coro por las calles».

▶ «¡Navidad! Esta noche hace un año que llegamos a México… Hace algunos días circularon unas esquelas de color, impresas con letras doradas, invitando a todas las amistades del Senador a la Misa en estos términos: ‘José Basilio Guerra suplica a usted le honre con su asistencia y la de su familia a la solemne función de las Kalendas y la Misa, que anualmente celebra en humilde recordación del Nacimiento del Salvador, cuya festividad tendrá verificativo a las nueve de la mañana del 21 de este mes en la Parroquia del Sagrario de esta Santa Catedral. México, diciembre de 1940’.

«…La iglesia se veía resplandeciente, y, como es costumbre en estas ocasiones, no se permitió la entrada a los léperos, con lo que la concurrencia era muy elegante y selecta. Todo salió a maravilla. Cuatro o cinco de las jóvenes, y varias de las señoras casadas tienen voces soberbias; y de las que cantaron en el coro ninguna es mala… La orquesta estuvo, en verdad, a la altura de las circunstancias, y el músico que la dirigió, de primerísima categoría… La ceremonia duró cuatro horas, pero el predicador se alargó mucho (…).

«Al anochecer fuimos a casa de la Marquesa de Vivanco, para pasar en ella la Nochebuena… Ésta es la última noche de las llamadas Posadas; una curiosa mezcla de devoción y esparcimiento…

«A cada una de las señoras le fue puesta en la mano una velita encendida, y se organizó una procesión, que recorrió los corredores de la casa cuyas paredes estaban adornadas con siemprevivas y farolitos, y todos los concurrentes cantaban las Letanías… Un ejército de niños, vestidos como ángeles, se unió a la procesión… La procesión se detuvo por último delante de una puerta, y una lluvia de fuego de bengala cayó sobre nuestras cabezas, para figurar, me imagino, el descendimiento de los ángeles, pues aparecieron unas jóvenes vestidas de pastores como los que guardaban en la noche sus rebaños en las planicies de Belén. Unas voces, que se suponían de María y José, entonaron un cántico pidiendo posada, porque, decían, la noche era fría y obscura, el viento zumbaba con fuerza, y pedían albergue por esa noche. Cantaron los de adentro, negándoles la posada. Otra vez imploraron los de afuera, y al fin hicieron saber que aquella que se encontraba en la puerta, errante en la noche, sin tener en donde reposar la cabeza, era la Reina de los Cielos. Al oír este nombre, las puertas se abrieron de par en par, y la Sagrada Familia entró cantando. En el interior se contemplaba una bellísima escena: un Nacimiento…

«Regresamos a la sala, ángeles, pastores y demás invitados, y hubo baile hasta la hora de cenar. La cena fue un alarde de dulces y pasteles».

EL PRIMER ÁRBOL NAVIDEÑO

El árbol navideño resultó de la transformación de la costumbre pagana europea de colocar manzanas y otros frutos sobre algunos árboles como rito para recibir la primavera y honrar a sus dioses del sol y de la fertilidad. En la Iglesia católica el árbol no fue aceptado sino hasta mediados del siglo XIX.

En México la primera vez que se montó uno de éstos fue en la Navidad de 1864, hecho traer por el recién llegado emperador Maximiliano de Hasburgo, y que hizo instalar en el Castillo de Chapultepec, donde habitó porque el Palacio Nacional estaba infestado de chinches.

La decoración causó tal furor que la aristocracia mexicana la adoptó de inmediato, desplazando temporalmente a los Nacimientos de su protagonismo navideño.

Cuando Maximiliano fue fusilado, se desprestigiaron las costumbres fomentadas bajo el Imperio, así que el árbol cayó en desuso. Pero en 1878 el general Miguel Negrete, que fue ministro de guerra de Juárez, reintrodujo los árboles navideños impresionado por los que vio en sus viajes a Europa y Estados Unidos.

TEMA DE LA SEMANA: CÓMO LLEGÓ LA NAVIDAD A MÉXICO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 23 de diciembre de 2018 No.1224