El padre Pío escribió en 1912 sobre los ataques que recibía de Barba Azul, como llamaba él a Satanás: «Barba Azul y sus semejantes no paran de pegarme casi hasta darme muerte. No quiere confesarse vencido, adopta todas las formas, viene a visitarme con otros comparsas armados de palos y de instrumentos de hierro».

Y en otra carta del mismo año, dirigida a su director espiritual: «¡Oh, el hermoso mes de mayo! El más bonito del año. Sí, padre mío, ¡este mes nos recuerda muy bien las dulzuras y la belleza de María!… El mes de mayo para mí es el mes de las gracias, y este año espero recibir… que me recoja consigo para no seguir viendo esas caras feas (demonios)».

Desde su infancia, el padre Pío fue asaltado por experiencias de origen diabólico. Era apenas un pequeño cuando tuvo una visión de un hombre muy grande, un hombre perverso, un demonio, que quería combatir con él.

Pero fueron diversos ángeles caídos los que lo atormentaron a lo largo de su vida de las más variadas formas. Alguno se le aparecía como un gato negro; otro, en la forma de un animal repugnante; etc., y en estos casos la intención era llenarlo de terror.

En otras ocasiones los demonios se le presentaban con forma de jovencitas desnudas y provocadoras, realizando bailes obscenos, para tentarlo contra la castidad.

Satanás incluso trató de engañar al fraile apareciendo bajo la forma de su superior provincial, de su director espiritual, e incluso de Jesucristo, de la Virgen María o de san Francisco de Asís. Y para hacer frente a esto, san Pío hubo de aprender una «regla de oro» de la que ya hablaba santa Teresa de Jesús: que hay como una cierta timidez cuando la Virgen o el Señor se aparecen, seguido de una sensación de paz cuando la visión se va; y, por el contrario, que cuando un demonio se aparece tomando una forma sagrada, provoca una inmediata sensación de alegría y de atracción, pero cuando se marcha esa sensación es sustituida por otra de remordimiento y tristeza.

El santo sacerdote capuchino no sólo tuvo que afrontar contra Satanás y sus huestes una lucha espiritual, sino incluso una lucha física: con frecuencia lo azotaban con cadenas pesadas, dejándolo herido y sangrando.

En una carta del 3 de junio 1919, el padre Pio escribió:

«No tengo un minuto libre; todo mi tiempo los uso en arrebatar a mis hermanos de las garras de Satanás».

Con ello se entiende que el diablo estuviera tan enojado con él, que lo mirara como un importante enemigo y lo atacara de continuo, pues en su misión sacerdotal el padre Pío simplemente seguía a su Dios y Señor, pues «el Hijo de Dios se manifestó para destruir las obras del demonio» (I Jn 3, 8). Y esto continúa hasta la fecha, con su intercesión desde el Cielo, según revelan diversos exorcistas en el mundo que invocan con gran efectividad a san Pío de Pietrelcina durante los exorcismos.

«Si me necesitas, mándame a tu ángel custodio»

La cercanía con su ángel de la guarda era sorprendente:

El demonio manchaba con borrones las cartas que le llegaban de su confesor, y entonces su ángel custodio le aconsejó que, antes de abrir una carta, la rociara con agua bendita. De este modo sí podía leerlas.

Si recibía alguna carta escrita en francés u otra lengua que el padre Pío desconocía, su ángel custodio
se la traducía.

Dormía con gran tranquilidad, pues sabía que contaba con su ángel de la guarda para que lo despertara a tiempo para rezar Laudes los dos juntos.

Y repetía a cada uno de sus hijos espirituales: «Si me necesitas, mándame tu ángel custodio». Y, efectivamente, él podía ver cómo los ángeles de la guarda de sus hijos espirituales se le acercaban llevándole los mensajes de éstos, y así él podía interceder inmediatamente por ellos ante Dios.

La misión central del padre Pío

El padre Pío se ofreció a Dios desde su infancia; pero su misión se aclararía con el tiempo.

Cuando ya era sacerdote, le hizo saber a su director espiritual: «Desde hace tiempo siento la necesidad de ofrecerme al Señor como víctima por los pobres pecadores y por las almas del Purgatorio; que vierta sobre mí los castigos que están preparados para ellos. Deseo hacer ese ofrecimiento al Señor con el permiso de usted».

El 28 de marzo de 2013, Viernes Santo, tuvo esta aparición:

«Jesús se me apareció, en un estado lastimoso y desfigurado. Me mostró un gran número de sacerdotes infieles, algunos celebrando, otros preparándose. Le pregunté por qué sufría tanto. Apartándose de aquella multitud de sacerdotes con una expresión de disgusto en su rostro, exclamó: «¡Carniceros!», y, mirándome, dijo:

«Hijo mío, no creas que mi agonía duró solamente tres horas, no; estaré en agonía hasta el fin
del mundo».

Desde entonces, el padre Pío se ofreció especialmente por todos esos consagrados que son infieles a Dios.

TEMA DE LA SEMANA: PADRE PÍO: EL MISTERIO DE LA SANTIDAD

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de febrero de 2019 No.1232