¿Qué hacer?, nos preguntamos muchos ante el tsunami de la «Cuarta transformación». ¿Dejarnos ir con la ola; enfrentarnos a ella con la posibilidad de ahogarnos, o quedarnos mirando desde algún sitio seguro la evolución del fenómeno?

Pensemos un momento en la película Roma. Cuarón se arriesgó contando su intimidad. Puso a Yalitzia después de meses de reclutamiento de artistas. Yalitzia es una maestra rural. De pronto se sentó al lado de las divas de Hollywood. Sin cambiar un ápice y sin guardar rencor alguno a quienes, como un tal Goyri, le decían que era una «p… india».

¡Ése es el México que nos dibuja una película exitosa, con un director que hizo de su infancia y del servicio doméstico un poema y una mujer entregada a su trabajo un prestigio! Cuarón vive en Londres, Yalitzia en Tlaxiaco. ¿Por qué esos dos Méxicos no pueden convivir? ¿Por qué no pueden actuar al unísono y transformar el odio, la distancia, el racismo en una obra de arte?

No estamos diciendo que una película venga a salvar a la Patria. No. Lo que estamos proponiendo a todos nuestros lectores es que dejemos que la Patria venga a salvarnos a nosotros de la división y el encono. Que la «Cuarta transformación» sea la primera vez que los mexicanos nos miramos al espejo. Y nos reconciliamos con nuestras dos mitades: la española y la indígena.

Sin esa reconciliación, sin dar un paso adelante, como lo hicieron Cuarón y Yalitzia, muy poco, nada, podremos contar en el futuro de México. Hay que comenzar por no discriminar, por desterrar el racismo, el machismo, la venganza. Ser mexicanos de tiempo completo. No creernos «el ombligo del mundo», sino ser hermanos, mirando lo bueno que hay en cada uno de los que nos acompañan en esta vida.

El Observador de la Actualidad

Publicado en la edición impresa de El Observador del 3 de marzo de 2019 No.1234