Por P. Fernando Pascual

La prensa, el cine, las personas, incluso algunos gobiernos, han puesto y ponen en duda aspectos particulares del catolicismo.

Así, surgen discusiones sobre la vida religiosa contemplativa y su «utilidad». O sobre el celibato de los sacerdotes. O sobre la moral sexual, especialmente sobre la anticoncepción. O sobre la infalibilidad del Papa.

La lista podría ser mucho más larga. Normalmente las discusiones y dudas surgen al confrontar un punto de la doctrina católica con ideas culturales, filosóficas, científicas o de otro tipo difundidas en nuestro tiempo.

Las discusiones y los debates pueden desarrollar con mayor o menor profundidad. En ocasiones, se centran en puntos concretos y dejan de lado otros aspectos que son vistos como menos relevantes.

En realidad, la discusión sobre un punto de la doctrina o de la moral católica no puede dejar de lado una serie de preguntas fundamentales: ¿quién fundó la Iglesia católica? ¿Qué garantías de verdad ofrece? ¿Existe un Dios detrás de su existencia?

Esas y otras preguntas permiten afrontar las discusiones sobre otros puntos en una óptica global. Porque criticar a la Iglesia porque no permite la ordenación de las mujeres y no decir nada sobre la creencia católica sobre la Resurrección de Cristo resulta extraño y conlleva el riesgo de perder la perspectiva correcta.

Por eso, antes de criticar esta o aquella enseñanza de los católicos, vale la pena detenerse sobre los avales (o la falta de los mismos) que la Iglesia tenga a la hora de presentarse a sí misma como fundada por Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María.

Solo entonces la discusión sobre un punto concreto estará mejor contextualizada. Porque si uno afirma que la Iglesia católica no viene de Dios ni esté asistida por el Espíritu Santo, el debate se desarrollará de un modo muy diferente respecto a otro que sí acepta que Dios fundó a la Iglesia y la sostiene y acompaña a lo largo de los siglos.

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