Por P. Fernando Pascual

Tener una familia es un don maravilloso. Saberse conocido, en casa, entre unos padres y unos hermanos, abuelos y otros familiares. Tener un apellido, entrar en una historia, compartir penas y alegrías.

No todos tienen ese don. Unos, porque nacieron en situaciones especiales, con la ausencia del padre o con la pronta desaparición de la madre. Otros, porque por diversos motivos nunca llegaron a unirse en un matrimonio desde el amor abierto a la vida.

Por eso, quienes disfrutan de una vida familiar bien llevada, no deberían acostumbrarse a las mil situaciones maravillosas que ocurren en su hogar, sin olvidar que también se producen horas o días en los que el dolor se hace presente bajo el mismo techo.

En la familia, los esposos construyen relaciones de donación y de entrega, de sacrificio y de alegría, de disponibilidad para con los hijos y con los mayores.

Los hijos aprenden, desde pequeños, lo hermoso que es la vida desde la sonrisa de sus padres, sobre todo de la madre, y, cuando hay otros hermanos, desde la convivencia con los que han nacido antes o después.

Los abuelos rejuvenecen y sienten la dicha de ver cómo la transmisión de la vida sigue en los hijos de los hijos. Aunque las fuerzas empiezan a flaquear, surgen energías interiores para dar una mano a los padres en tantas ocasiones que se van presentando.

Sí, es un don maravilloso vivir en familia. Un don que el mismo Dios quiso tener para sí, cuando el Hijo se encarnó y vino a compartir la experiencia de crecer y ser acompañado desde pequeño en el hogar donde brilla su Madre, la Virgen María, y donde trabaja quien hace las veces de su padre, el sencillo y fiel José.

Por eso, damos gracias y doblamos las “rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14‑15), por el don de tener unos padres y unos hermanos con los que recorrer esa hermosa aventura de la existencia que inicia en la tierra y nos prepara para vivir eternamente en el cielo.