Decía santa Teresita de Lisieux: «Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud».

El agradecimiento debería surgir como respuesta natural de los hombres a lo que Dios hace por ellos, pues el Señor ni un solo instante deja de derramar su favor aun cuando, a causa de lo cotidiano, ya ni se perciba: «El Padre, que está en el Cielo, hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos» (Mateo 5, 45). Así, siempre hay y habrá algo por qué dar gracias; de ahí esta recomendación del beato capuchino estadounidense Solanus Casey: «Da gracias a Dios por adelantado».

Dice el Señor: «El que Me ofrece su gratitud Me honra de verdad» (Salmo 50, 23). Y también se lee en las Escrituras: «Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús» (I Tesalonicenses 5, 18).

Pero con frecuencia el orgullo humano se interpone: «Habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias como corresponde. Por el contrario, se extraviaron en vanos razonamientos y su mente insensata quedó en la oscuridad» (Romanos 1, 21).

A veces hace falta transitar por un sufrimiento para mirar más a Dios, abandonarse en Él y volverse más agradecidos. No es que el Todopoderoso quiera la enfermedad, la muerte y demás cuestiones dolorosas, sino que, como resume san Agustín, «Dios no hubiera permitido la existencia del mal si no fuera tan sabio, tan bueno y tan poderoso que pudiera sacar bienes aun de los mismos males». ¿Y cuáles bienes podrían ser éstos? Entre muchos de carácter particular, se pueden señalar estos dos de alcance general: dar testimonio de Dios y darle gloria.

Jesucristo anuncia: «Los perseguirán… y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de Mí» (Lucas 21, 12-13). Y el profeta Jonás:

«Cuando mi alma desfallecía, me acordé del Señor, y mi oración llegó hasta Ti, hasta tu santo Templo…Yo, en acción de gracias, Te ofreceré sacrificios y cumpliré mis votos: ¡La salvación viene del Señor!»

(Jonás 2, 8-10).

Pues bien, en la religiosidad popular los llamados exvotos son expresión de esto mismo, pues al mismo tiempo dan testimonio de la intervención de Dios y le agradecen, por tanto, también glorifican su Nombre. El pueblo sencillo, habiendo encomendado sus necesidades a la Santísima Virgen, a un santo o directamente al Altísimo, hace saber al llevar al templo una pintura, un corazón de metal, una muleta o cualquier otro elemento, que sus ruegos han sido escuchados, que Jesús está vivo y que su amor no se ha agotado.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: EXVOTO, UN TESTIMONIO POPULAR DE LA AYUDA CELESTIAL

Publicado en la edición impresa de El Observador del 7 de abril de 2019 No.1239