Por Mónica Muñoz

Y si Dios te llamara hoy a su presencia, ¿estarías preparado?  Esta pregunta no es solamente para los católicos y cristianos en general, aun aquellos que no profesan religión alguna o que se manifiestan como ateos, deberían, de vez en cuando, reflexionar sobre su propia muerte, porque, innegablemente, todos vamos a morir.

Este pensamiento me viene a la cabeza porque en los últimos meses he tenido que acompañar a varios amigos que han perdido a alguno de sus padres.  No puedo describir el sentimiento de tristeza que los invade porque es algo que solamente ellos han experimentado, por gracia de Dios, yo aún tengo a mis padres y no dejo de vivir agradecida con el Señor por esta dicha, pero también sé que cada día que pasa, se acerca más la temida despedida.

Creo que ese es un temor que todos los seres humanos experimentamos, el miedo a despedirnos de nuestros familiares y seres queridos, porque no estamos preparados para ese momento. De hecho, nadie lo puede estar, ni siquiera aquellos que conviven con un enfermo, pues tienen la ilusión de que recuperará la salud y volverá a sus actividades cotidianas.

Por eso, es más difícil aceptar la partida de alguien que fallece inesperadamente.  Es muy natural.  Solamente quien no quiere a su gente puede verla morir sin sentimientos.  Eso pensé un día que, por casualidad, me topé con un hombre que me platicaba que veía la muerte como algo normal, un hecho que a todos nos tenía que llegar, al fin y al cabo, pues todos somos efímeros y estamos de paso en este mundo.  Por eso, decía, cuando había fallecido uno de sus hermanos, él no había llorado, alegando que él era así, que no dramatizaba de más, porque todos vamos para allá.

Confieso que mi primera impresión no fue nada positiva, ¿pues de qué está hecho este señor?, me pregunté, ¿cómo es posible que vea tan fríamente una situación tan triste como ver morir a alguien de su propia sangre?, pero, pensándolo bien, no estaba tan errado.  Ante la muerte, hay que saber desprenderse de la persona que ha concluido su misión en ese mundo y entregarlo a Dios con generosidad, porque es de Él y sólo a él pertenece esa vida.

Por eso es tan grave el pecado del homicidio, pues nadie tiene derecho a privar de la existencia a un semejante.  Desde el momento en que esa persona ha sido concebida en el vientre materno, ya es una vida, un ser humano completo al que sólo le hace falta crecer y que es propiedad de Dios, únicamente a Él le corresponde el derecho de decidir sobre él.

Nada fácil entender esta verdad inmensa con la mentalidad actual de que todo es desechable, hasta las relaciones y pero aún, las personas, porque el relativismo nos dice que depende del cristal con que se mire: si no nos llevamos bien, nos divorciamos, por eso mejor hay que probar antes de casarnos. Relaciones de quitapón: ese ya no me gusta, quítalo para poner este otro.  Así con todo.  Total, que nada de lo que iniciamos tiene un final feliz porque no nos gusta sufrir.

Sin embargo, todo lo que vale la pena conlleva sufrimiento.  Si se quiere pasar de año con buenas calificaciones, hay que estudiar arduamente, si se quiere ganar dinero, hay que trabajar y cumplir con un horario, si se quiere poner un negocio, hay que levantarse temprano y ponerle mucho empeño para que sea exitoso, si se quiere viajar, hay que ahorrar y planear las compras para no caer en gastos superfluos y evitar endeudarnos, si se quiere a una persona, hay que respetarla y darle su lugar porque es un ser humano valioso y digno y no un juguete para satisfacer los bajos deseos.  Todo, pues, implica una dosis de esfuerzo, entrega, responsabilidad y sacrificio, pero valdrá la pena, así, el día que nos toque entregarle cuentas al Señor, podremos decirle que la vida no fue fácil pero que nos esforzamos mucho para que fuera buena, para no lastimar a nuestros semejantes, para dejar huella dando buen ejemplo a los que venían detrás de nosotros, que la hemos aprovechado como si cada día fuera el último.

Y es sano recordarlo constantemente, porque nadie sabe el día y la hora de su partida.  Por eso, vivamos en paz, amemos a nuestra familia, dejemos a un lado los rencores, seamos amables y pacientes con todos, no fomentemos la injusticia y la corrupción, demos a los demás de nuestros bienes, cultivemos nuestra relación con Dios y reflexionemos diariamente, si hoy me muriera, ¿estaría preparado para entregarle cuentas al Creador?  Porque, una vez muerto, no hay vuelta de hoja.  Ojalá que la respuesta sea afirmativa.

¡Que tengan una excelente Semana Santa!