Por Tomás de Híjar Ornelas

Hace un año la publicación virtual católica Aleteia presentó el caso de William Maillis, un niño estadounidense superdotado del Colegio Universitario del Condado de Allegheny, en Pensilvania, Estados Unidos. Allí nos enteramos que el portento aspira a convertirse en astrofísico para «probar que Dios existe», esto es, que «solo una fuerza externa es capaz de formar el universo». Una frase suya, en una entrevista que le hicieron, me resultó demoledora: «Se necesita más fe para no creer en Dios que para creer en Él».

El silogismo, como tal, es aplastante y así lo experimentaron nuestros ancestros analfabetos y ágrafos.

Empero, que tenga «lógica» creer naturalmente en un Creador supremo no se engarza de forma natural con la fe revelada por Cristo, según la cual es el interés de Dios como Padre, no la capacidad intelectual, la que engarza ser conscientes del don de haber recibido su imagen y semejanza.

La rebeldía del hombre ha roto ese vínculo y la obediencia del Hijo lo ha restaurado. Pero, ¿cómo vivir la experiencia del Hijo y ser eficaces testigos suyos?

Mostrar al mundo que Jesús ha resucitado no es una cuestión argumental sino de fe. La resurrección del Señor no fue evidente ni siquiera para sus discípulos y apóstoles, que, aun teniéndolo ante sí, no lo reconocían.

Lo es ser congruente entre lo que pienso, siento y hago, proceso del que resulta una existencia acorde no con postulados racionales sino con certezas existenciales.

Le acaban de otorgar el premio Princesa de Asturias de las Artes 2019 a uno de los dramaturgos más brillantes del siglo pasado, el británico Peter Brook (Londres, 1925), quien a sus 94 años de edad no sólo sigue activo sino también inquieto, interpelante y, sobre todo, sabio.

Se ha distinguido en su ramo por ofrecer un esfuerzo supremo para intercalar en el teatro los grandes horizontes culturales de Europa, África y Asia a partir de «su concepto de espacio vacío».

Al enterarse del reconocimiento, recibió la noticia con gusto pero acotando que ello sólo significa «que mi trabajo es el resultado de muchísimas personas. No hago nada solo. Lo hago todo con otras personas». Y enfatizó hablando de su compañía: «la única razón por la que trabajamos es para aportar algo que sea útil para otras personas. La relación con el público no es secundaria. No haces algo y luego lo vendes. No. No creamos. Solo hay un Creador en el Universo. Y a través de ese creador algo cobra vida y algunas de esas cosas nos aportan el coraje suficiente para vivir en un mundo difícil para la humanidad».

Y concluye: «Yo no me importo en absoluto. Lo único que me interesa es ser el instrumento […] Nuestro trabajo es ser un instrumento, ser capaces de aportar un momento de luz y alegría en un mundo infeliz como el nuestro. Eso es. Les digo a los jóvenes, cuando salen de la escuela de interpretación y dicen que ahora van a ser creadores, que esa es una blasfemia peligrosa: ‘No sois creadores, sois instrumentos’».

Jesús de Nazaret se empeñó en inducirnos a ser instrumentos del amor de Dios desde la posición vital más simple y marginal, la de los excluidos, a quienes se los reveló haciéndose uno más en todo, hasta en la muerte en el más duro de los escenarios, el tormento y el patíbulo.

No es con argucias racionales sino con actos de amor como puede uno mostrar al mundo la fe pascual, siempre y cuando la lleve uno dentro.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 19 de mayo de 2019 No.1245