Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

En la santa Biblia abundan los animales. Desde las primeras páginas aparecen, junto con el hombre, en el paraíso. 

Desfilan después ordenadamente por parejas para entrar en el arca; una larga lista separa los impuros de los aptos para el sacrificio; y en el libro del Apocalipsis aparecen especies difíciles de identificar, sometidas todas al Cordero victorioso.

Además de estos conglomerados zoológicos, cada especie va poniendo sus habilidades para cooperar con la obra salvadora de Dios: un cuervo alimenta al profeta Elías, aunque el de Noé no vuelve al arca; un perrillo acompaña a Tobías en su viaje y un pez le sirve de medicina a su padre; una paloma anuncia el final del diluvio y otra se posa sobre el Mesías en el Jordán.

Dios invita a Job a admirar sus obras maestras: el cocodrilo, el rinoceronte, el caballo y hasta el avestruz; Dios compara su palabra con el rugido del león, y Jesús nos invita a mirar en las aves su providencia.

Todo este listado nos indica que el hombre tiene que convivir con los animales durante toda la vida. Los niños son en esto recordatorios vivientes.  Existe una sintonía peculiar que el hombre debe aprovechar, pero al mismo tiempo respetar. Este maravilloso entorno biodiversificado  fue entregado al hombre para que «lo guardara y custodiara». Esta sintonía llevó al hombre a pensar que allí, en el reino animal, podría encontrar la compañía buscada. No la encontró, y para marcarle bien la distancia, Dios le mandó poner el nombre a los animales en señal de dominio, pero al mismo tiempo de respeto: no le fue permitido al hombre alimentarse de los animales. Más bien, tenía que extremar su respeto, pues en alguno se escondía la ambigüedad. Este fue el caso de la serpiente, «el más astuto de los animales que había creado Dios». Fuera del paraíso llegan a distanciarse y oponerse al hombre. Una fiera acosó a Caín contra su hermano y él no la supo dominar. Esta bestia, multiplicada, circula y ronda hoy por doquier asesinando a los hermanos.

Pero la diferencia fundamental entre el hombre y los animales está en la «imagen y semejanza» de Dios, y en diferenciación de los sexos. Semejanza y desemejanza. Los animales y las plantas fueron creados según su «especie». A partir del quinto día de la creación, creó Dios a los animales por especies, con potencial para reproducirse. Al hombre también, pero no por especie, sino a su «imagen y semejanza». No hay especies ni subespecies humanas. El hombre es uno, porque Dios es uno.

Es su imagen por la unidad que representa. Todo ser humano tiene la misma imagen de Dios y goza de la misma dignidad. En cambio,  existen numerosas especies animales y vegetales, y que procuramos conservar.  Es la biodiversidad la que nos permite vivir. Pero del hombre solo se habla de «imagen» de Dios.  Es en el hombre  donde  se encuentra Dios.

Como Dios no tiene sexo, el hombre no comparte con Dios la diversidad sexual, sino con los animales. Macho y hembra. No es allí donde radica la imagen divina, aunque la sexualidad sea asumida y bendecida por Dios: Vio todo lo que hizo y era muy bueno.

El hombre pecador debilita y oscurece la imagen divina, la semejanza con su Creador. Después del diluvio, al ejercer la violencia matando a los animales para subsistir, ya no es la imagen que recibió en el paraíso, imagen de Dios creador. Ha dejado de ser imagen de Dios, sin cuya imagen jamás podrá reinar sobre la creación ni volver al paraíso.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 9 de junio de 2019 No.1248