La avaricia es de naturaleza tan ruin y perversa que nunca consigue calmar su afán: después de comer, tiene más hambre

Dante Alighieri

Por Tomás de Híjar Ornelas

Mientras la economía siga usurpando el lugar de la ecología en la cultura mundial los horizontes de la calidad de vida en el planeta Tierra penderán del capricho de los especuladores de las finanzas en el mundo, hasta hoy reducidos a provocar lucro para quien esté dispuesto a atropellar lo que sea con tal de obtenerlo, de modo que cuando una conciencia se ha pervertido, poco se puede hacer con ella.

Antes que eso suceda los discípulos de Jesús debemos aplicar un antídoto, que consiste en hacer de la pobreza el paradigma abrazado por los apóstoles y la primera comunidad cristiana de Jerusalén: el de vivir a rajatabla la pobreza, no como un estigma o maldición sino como un don y una virtud asentado en la más elemental justicia: que a nadie le falte lo indispensable y que nadie acumule para sí o para sus extensiones narcisistas más de lo que le hace falta. Aspirar a no tener más de lo necesario es la señal, desde hace dos mil años, de la base antropológica de toda economía inspirada en el Evangelio.

Hace pocas semanas, abordando este tema en el Vaticano, en el marco de la entrega del Premio Internacional «Economía y Sociedad 2019», de la Fundación Pontificia Centesimus Annus – Pro Pontifice, que se ganó la doctora Mary Hirschfeld por su libro Aquino y el mercado. Hacia una economía humana, el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Munich, enfatizaba la imperiosa necesidad que los cristianos tenemos de recobrar la energía indispensable para poner en diálogo la teología y la economía, «toda vez que la Doctrina Social de la Iglesia no comienza con León XIII, sino en la tradición cristiana primordial».

Un dato duro le sirvió al purpurado alemán para denunciar el falso paraíso del capitalismo: la infelicidad lastra a muchos acaudalados de los países ricos que, aun teniendo mucho dinero, «viven con miedo o desesperación y no se regocijan realmente en su vida».

Esa paradoja, sigue diciendo a propósito del estudio de la doctora Hirschfeld, hunde sus raíces «en el hecho de que las personas tienen una relación patológica con el dinero. A menudo aceptamos de manera acrítica el poder que el dinero tiene sobre nosotros mismos y sobre nuestra sociedad. Nos arriesgamos a considerar el dinero no como una herramienta para nuestros fines, sino que dejamos que el dinero gobierne nuestra vida».

Y bien, ¿por qué en lugar de seguir «combatiendo» la pobreza advertimos que no es sinónimo de «miseria», una verdadera calamidad, en su doble vertiente, moral y material, y la proyectamos
como virtud?

Es el modelo que Jesús nos dejó de pobreza: un estilo de vida en el que no tiene lugar ningún tipo de exceso; es más, Él ni siquiera tiene «donde reclinar la cabeza»; no lleva consigo una sola moneda y la túnica sin costura que el día de su ejecución se echaron en suerte sus verdugos para no rasgarla se la habían puesto en el palacio de Herodes por mandato del sátrapa, no como homenaje sino como burla al que no quiso cruzar palabra con él.

Jesús en Herodes desprecia el poder simbólico que la humanidad adjudica a la hegemonía materialista, no el valor real del dinero, que al final de cuentas sólo es un medio. Por eso no invita a sus seguidores a que lo rechacen sino a servirse de él, dice, para granjearse amigos que, cuando sea necesario, lo reciban a uno en las moradas eternas (Lc.16,9).

Publicado en la edición impresa de El Observador del 21 de julio de 2019 No.1254