Por Mario De Gasperín Gasperín

En el museo del Cairo existe una sala de exposición con las momias de los faraones, entre los cuales está Ramsés II, el faraón que se opuso a la liberación de Israel de la esclavitud.

Los faraones eran dueños de la tierra, de las personas y de sus bienes. Gobernaban en nombre de Dios, uniendo política, economía y religión. El libro del Éxodo nos describe la figura perversa del poder faraónico.

En este contexto el Papa Francisco nos advirtió, en su viaje a México, no poner nuestra confianza en los carros y caballos de los faraones actuales, porque la verdadera fuerza es la Columna de fuego, la presencia de Dios entre nosotros, quien nos conduce a la libertad.

¿Cómo era el faraón que se enfrentó con Moisés, el enviado de Dios a liberar a su pueblo? ¿Su descripción en la Biblia tiene algo que ver con el ejercicio del poder actual? ¿Nos dice algo de provecho? Estas son las preguntas que subyacen a la advertencia papal. Veamos:

En el libro del Éxodo, el faraón aparece como un gobernante cortés e inteligente. Cuando Moisés se le acerca para pedirle, en nombre de Dios, que dejara salir a su pueblo para ir a celebrar una fiesta en su honor en el desierto, le contesta: «¿Quién es el Señor para que yo obedezca su voz y deje ir a Israel?». Es una respuesta sensata, pues desconoce al Dios de Israel y generaría una desbandada de esclavos. Moisés insiste y el faraón comienza a ceder: «Bien, los dejaré ir al desierto a sacrificar a su Dios, pero a condición de que no se alejen demasiado. Tres días son demasiado. Rueguen por mí». Cede un poco, se encomienda a sus oraciones, pero les advierte: «Tengan cuidado, ustedes tienen mala intención». El faraón es comprensivo, pero no ingenuo. Es un gobernante sagaz.

En efecto, el faraón es jefe de Estado. Está condicionado por su status de gobernante de una potencia política, económica y religiosa de la que debe cuidar, sin descuidar su fama. Aunque quisiera dejarlos salir, iría contra la razón de Estado: «Ustedes son unos holgazanes, auténticos holgazanes, y por eso dicen: Vayamos a sacrificar a Yahvé. Ahora vayan a trabajar». Su apreciación es «políticamente correcta», pues se vendría abajo la economía, privándose de la mano de obra barata. Más adelante les advierte de los peligros del desierto: el hambre, la sed, las alimañas… Son mejores los ajos y cebollas de Egipto. Ofrece el pan de esclavos a cambio de su libertad. Este es el «humanitarismo» que ofrece el faraón a cambio de la libertad y la dignidad humanas. Hay que trabajar y producir para la subsistencia y la grandeza de la nación. La técnica del poder es infundir miedo y comprar voluntades a costa de la dignidad humana y en nombre del progreso.

El poder reclama poder. El faraón será siempre faraón. Podrá aparecer razonable y hasta seductor, pero jamás renunciará a sus privilegios, al poder. Este es el drama de la existencia humana, individual o colectiva, entre grupos o entre naciones. Tenemos aquí el paradigma del poder perverso que llevamos en el corazón y que debemos aprender a rechazar para emprender el camino que, entre peligros, conduce a la libertad.

En este viaje, Dios dijo a Moisés: Yo estoy contigo para salvarte. A nosotros nos prometió Cristo resucitado: Yo estoy con ustedes hasta el fin de los siglos. Moisés apareció vivo con Jesús en la trasfiguración; el sepulcro de Cristo está vacío: no está ahí, ha resucitado; el de los faraones está lleno de momias.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 11 de agosto de 2019 No.1257