Por Mónica Muñoz Jiménez

Pareciera que el tema de cuidar nuestras palabras está por demás tratado, sobre todo porque muchos especialistas se han dedicado a aconsejar a todos que tengan delicadeza para comunicarse con los demás, para que lo que digan sea edificante, porque a las palabras no se las lleva el viento; al contrario, todo lo que podamos decir tendrá una repercusión. Además, quienes se dedican a estudiar el fenómeno social del abuso o del acoso escolar o bullying tipifican como violencia verbal no sólo el uso de palabras agresivas o altisonantes sino el volumen de voz, elevado o con carga emocional, que provoque baja autoestima en el receptor.

Y no porque las autoridades no hayan puesto de su parte; siendo muy críticos diríamos que les ha faltado fuerza para remarcar la importancia del mensaje, o que no han hecho una propaganda adecuada, o que podrían haber realizado algo más creativo. No creo que se trate de eso; actualmente todos entendemos que la violencia verbal no se puede seguir tolerando por el daño que causa; entonces no se trata de desconocimiento sino de que hay gente a la que le gusta hacer el mal a sus semejantes, y ahí más bien estaremos hablando de falta de valores. Y creo que es en ese punto en el que tenemos que entrar todos, sobre todo porque estamos ante un panorama desalentador, en el que cualquiera se siente con derecho a insultar a los demás.

Verdaderamente es impresionante ver el nivel de agresividad que puede despertarse en las personas ante cualquier situación, aunque sea insignificante. Uno de estos días estaba viendo en las redes sociales un video que alguien grabó porque le llamó la atención la actitud de la protagonista de un pequeño percance automovilístico. El hombre que grababa explicó que el conductor de un vehículo pequeño rozó levemente la defensa del coche de adelante, más grande y lujoso, cierto, pero no justificaba la manera en que la conductora reaccionó al sentir el empujón, pues se había bajado hecha una fiera e intentaba abrir la portezuela del cochecito, en el que se veía un pobre hombre asustado ante la exagerada irritación de la ofendida. Bueno, era tal el escándalo que se acercaron varios curiosos para intentar apaciguar a la mujer, por cierto baja de estatura pero que hizo correr a todos los que intervenían. En fin, que hasta el del celular acabó jaloneado porque la señora se dio cuenta de que había sido grabada.

¿Qué pudo haber provocado tanta ira en esa persona? No lo sé, pero creo que es necesario que analicemos detenidamente el daño que la sociedad ha sufrido por la relajación de las buenas costumbres que, para muchos, es un término arcaico y anacrónico, al igual que estas palabras y muchas enseñanzas que se transmitían de padres a hijos. Son raros los papás que aún se esmeran en formar buenos hijos, en dejarles en herencia valores como el respeto y la decencia, porque claro que cuesta, y mucho, educar bien a un hijo.

Es una tarea que debe repetirse a diario e incontables veces. Y todo empieza con las palabras que emitimos. Los niños, sin darse cuenta, pueden ser sumamente ofensivos con sus compañeros; así es que, si no se les corrige, continuarán expresando sus emociones irreflexivamente. Una señora platicaba entre muchas risas que su nieto de 5 años le dijo: «Tengo que acompañarte a la tienda porque ya estás vieja». A mí no me pareció gracioso, pero pude entender que el pequeño creyera que lo que le dijo a su abuelita era una gracia, porque le seguían festejado el insulto. Y fue poco, pero si el niño no recibe un llamado de atención explicándole que no es correcto llamar así a las personas mayores, nunca entenderá que debe cuidar lo que expresa.

Vi otro caso en el que a unos niños se les pedía describir qué era el amor. Entre varios, un niño de unos 12 años dijo. «Yo creo que mi papá ama a mi mamá porque, cuando ella le pide un favor, él le contesta: ‘Claro; por ti, lo que sea’». Me gustó mucho escuchar el buen ejemplo que está recibiendo este chico: respeto entre sus padres, amor expresado en obras y, sobre todo, la manera en la que lo percibe él, que es seguro que cuando crezca tratará a su esposa de la misma manera.

Las palabras importan, y mucho. Cuidemos lo que decimos y cómo lo decimos. Los gritos son preámbulo de agresión física, por eso luchemos por controlar nuestros impulsos; y, si nos cuesta, busquemos ayuda profesional. Nada justifica la violencia, por eso, pongamos remedio, comenzando con nosotros mismos.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 11 de agosto de 2019 No.1257