Por Tomás de Híjar Ornelas

El que tiene fe en sí mismo no necesita que los demás crean en él. Miguel de Unamuno

Un día después del aniversario 500 del inicio de la expedición marítima que zarpando de Sevilla, con Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano dio la vuelta al mundo en un periplo que concluyó tres años después en las circunstancias más lamentables pero dichosas, porque terminó su periplo, hizo lo mismo del tiempo a la eternidad, en su natal Xalapa, Veracruz, el 11 de agosto del año en curso 2019, don Sergio Obeso Rivera, arzobispo emérito de aquella sede y cardenal presbítero apenas nombrado el 28 de junio del año pasado 2018, con el título de la parroquia romana de San León I.

Le faltaron pocas semanas para alcanzar la edad de 88 años, pues nació en el territorio del que fue pastor el 31 de octubre del año guadalupano de 1931 y se ordenó presbítero para ese clero el día de su cumpleaños 23, de modo que le faltó poco para cumplir 65 de haber recibido el orden sagrado y dos para sus bodas de oro episcopales, primero como obispo de Papantla y después como mitrado de Xalapa.

No pudo ser la suya una vida más plena si nos atenemos al oficio tan destacado que desempeñó en todos los campos en los que pudo desarrollarse, lo mismo como ser humano que como hijo de Dios, como cristiano y como ministro ordenado.

Para componer esta nota recogí el testimonio de un presbítero de su clero que tuvo la gentileza de condensar lo que vivió de parte de don Sergio: cordura, congruencia, sencillez, vida de fe y capacidad para jamás negociar la justicia y el derecho en su oficio y encomiendas.

Gustaba contar, él, que sirvió tantos años en el Seminario Conciliar de su Iglesia, que fue su madre la que decidió internarlo en ese plantel apenas alcanzada la adolescencia para evitarle cursar los estudios en las escuelas oficiales de entonces, marcadamente antirreligiosas, pero que ya estando allí le nació la vocación al servicio eclesial.

Electo obispo antes de cumplir la edad cuadragenaria, su liderazgo se consolidó al grado de ser electo y reelecto en tres ocasiones Presidente de la Conferencia del Episcopado en los períodos más relevantes para este colegio en el siglo pasado, los que cerraron la herida abierta y viva que se selló en 1992, cuando fueron derogadas las leyes anticlericales, que negaban la existencia de las asociaciones religiosas en este país y en contraparte, facultaban al Estado para intervenir a discreción en ese ámbito, tan ajeno a su competencia.

También fue medular su participación en las negociaciones de paz y reconciliación que dieron vida a los Acuerdos de San Andrés, evitando así una confrontación bélica de impredecibles consecuencias.

También estuvo al frente de la Comisión episcopal de Pastoral Social y de la del Clero e impulsó la causa de canonización de su antecesor Rafael Guízar y Valencia.

Todas esas prendas reconoce quien ahora preside la Conferencia que él tuvo a su cargo, don Rogelio Cabrera López, Arzobispo de Monterrey.

Nos deja don Sergio un legado que no achicarán los años, antes bien, le habrán de colocar entre los obispos de México que estuvieron al nivel de las circunstancias históricas gracias a las cuales ahora gozamos de libertad religiosa en sentido cabal, aunque no podamos aún decir pleno, pues quedan tareas que siguen en proceso de nivelarse, pero, sobre todo, una estampa de varón evangélico, alejado de la mundanidad.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 18 de agosto de 2019 No.1258