1 Nadie nace  sabiendo orar

A orar se aprende. Así como es imposible comenzar a nadar con sólo ver a otros hacerlo o escuchando una conferencia al respecto, sino que hay que reservar un tiempo para entrar a la piscina, respirar profundamente y comenzar el nado, así ocurre con la oración.

2 Conviene reservar  un tiempo y lugar

Aunque se puede orar todo momento y en todo lugar, hay que tratar de pasar un tiempo de calidad con el Señor todos los días. San Francisco de Sales decía:

«Todos necesitan treinta minutos de oración personal por día, a menos que estén demasiado ocupados para orar; en ese caso, ¡necesitan una hora!».

Treinta minutos de oración pueden parecer mucho al principio; pero, a medida en que se persevera, esos 30 minutos pasarán volando.

3 Toda oración  es oída por Dios

Dios está disponible las 24 horas del día y los 365 días al año (o 366 si es bisiesto). Por eso ninguna oración se pierde, ni siquiera la del pecador. San Agustín dice que si Dios no oyera a los pecadores, «inútil hubiera sido la oración de aquel humilde publicano que le decía: ‘Señor, tened piedad de mí, pobre pecador’. Sin embargo, expresamente nos dice el Evangelio que fue oída su oración y que ‘salió del templo justificado’».

Dice el presbítero español Franciso Fernández Carvajal en su libro Hablar con Dios (Ediciones Palabra) que «Jesús nos oye siempre, también cuando parece que calla. Quizá es entonces cuando más atentamente nos escucha; quiere que le pidamos confiadamente, sin desánimo, con fe».

4 Aunque Dios escuche  los resultados no son siempre inmediatos

Ciertamente hay respuestas de Dios a la oración que son instantáneas: pero lo más frecuente es que haya que esperar un tiempo, insistiendo confiadamente en la oración, hasta ser testigos de la intervención divina. Piénsese, por ejemplo, en los dieciséis años de oraciones que santa Mónica requirió para ver que se le concediera lo pedido: la conversión de su hijo Agustín.

San Claudio de la Colombiere enseña: «Cuando veo que más me hace insistir Dios en pedir una misma gracia, más siento crecer en mí la esperanza de obtenerla; (…) y lejos de perder valor después de tan larga espera, creo tener motivo para regocijarme, porque estoy persuadido de que seré tanto más satisfecho cuanto más largo tiempo se me haya dejado rogar».

El que no desiste en sus ruegos humildes a Dios a pesar de que ve pasar el tiempo sin resultados, avanza en humildad.

5 Dios no concede  siempre lo que se le pide

La promesa divina es ésta: «Todo el que pide recibe; el que busca halla, y al que llama se le abrirá» (Mt 7, 8) Pero, al mismo tiempo, hay cuatro grandes condiciones que el Señor ha enseñado como necesarias para que la oración de petición «funcione»: tener fe al pedir, ser perseverantes en el rezo, pedir cosas buenas y hacerlo con humildad.

Sobre la fe dice Jesús: «Yo les aseguro: si tienen fe y no vacilan, …. si dicen a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’, así se hará. Y todo cuanto pidan con fe en la oración, lo recibirán» (Mt 21, 21-22). Mas suele ocurrir que se ora sin estar seguros, convencidos o afianzados en la creencia de que Dios va a conceder eso que se le pide.

Por otro lado, sucede con frecuencia que la petición no es totalmente buena ni totalmente pura, aunque tenga elementos positivos, como la salud de una persona o un empleo en tal lugar. Por ejemplo, pido a Dios que cure a mi padre porque lo amo, pero en el fondo también tengo la intención de que esté vivo para que me siga manteniendo; o deseo aquel puesto de trabajo no sólo para ganarme el pan sino para estar más cerca de aquella persona que me interesa aunque sea casada. Por eso exhorta san Agustín: «No le pidamos [a Dios] cosas ruines y mezquinas, sino cosas muy altas y grandes».

Añade el santo de Hipona: «Cuántos que caen en pecados, estando sanos y ricos, no caerían si se encontraran pobres o enfermos. Y por esto cabalmente a algunos que le piden salud del cuerpo y bienes de fortuna se los niega el Señor». Por ello, recomienda san Alfonso María de Ligorio: «Cuando pedimos a Dios gracias temporales, debemos pedirlas con resignación y a condición de que sean útiles para nuestra salvación eterna».

6 Cosas buenas  pueden ser negadas

Hay veces que se ora a Dios pidiéndole cosas realmente buenas, y a pesar de ello Dios no lo concede. ¿Qué ocurre aquí? Responde san Alfonso María de Ligorio: «Sucede también a menudo que pedimos al Señor que nos libre de una tentación peligrosa, mas el Señor no nos escucha y permite que siga la guerra de la tentación. Confesemos entonces también que lo permite Dios para nuestro mayor bien. No son las tentaciones y malos pensamientos los que nos apartan de Dios, sino el consentimiento de la voluntad. Cuando el alma en la tentación acude al Señor y la vence con el socorro divino, ¡cómo avanza en el camino de la perfección! ¡Qué fervorosamente se une a Dios! Y por eso cabalmente no la oía el Señor».

San Francisco de Borja, antes de convertirse en jesuita, era un hombre casado y rezaba por la salud de su esposa enferma con total confianza. El Señor se le apareció y le dijo: «Te concedo lo que me pides: la salud de tu esposa, pero te advierto que ni a ti ni a ella les conviene». El santo, entonces, aceptó con generosidad la voluntad de Dios y su esposa falleció a los pocos días.

El monje dominico francés Antonin Dalmace Sertillanges se refiere a este proceder del Señor con una genial frase: «Dios muchas veces nos ayuda no ayudándonos».

7 Orar no es  sólo pedir

Pedir no es malo. El Catecismo de la Iglesia Católica hace notar que la petición es la forma de oración «más habitual, por ser la más espontánea» (n. 2629). Pero también recuerda que hay muchos otros modos de orar: acción de gracias, alabanza, adoración, etc.

Obviamente Dios quiere que le pidamos; por eso enseñó el Padrenuestro, una oración compuesta por un saludo y siete peticiones (Mt 6, 9-13).

Pedirle a Dios es un modo de glorificarlo pues así se reconoce que es el verdadero y único Señor de la historia, capaz de cambiar los acontecimientos y hasta de pasar por alto las leyes de la naturaleza.

Pero hay muchísima gente que nunca o casi nunca reza sino cuando tiene una necesidad. Es una visión utilitarista de Dios, es decir: Dios debe estar a mi servicio y no yo al servicio de Él.

Es necesario aprender a orar también de manera desinteresada, por puro amor a Dios.

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: UN TALLER PARA APRENDER A ORAR

Publicado en la edición impresa de El Observador del 11 de agosto de 2019 No.1257