Por Jaime Septién

El Papa Francisco –en su reciente viaje africano—nos descubrió la obra del sacerdote argentino Pedro Opeka, de la Congregación de la Misión, quien fundó la Ciudad de la Amistad de Akamasoa (que significa «Buenos Amigos»), en la periferia de Antananaribo, en Madagascar. La obra del padre Opeka se yergue encima de un antiguo basurero. Desde 1970, este misionero de barba blanca se dedica a rescatar pequeños que malviven en la calle y darles la oportunidad de una vida más digna. Ocho mil niños recibieron a Francisco cantando en español: «Dios está aquí».

En efecto, Dios está donde están los niños y los pobres. Pero obras como la del padre Opeka –calladas, efectivas, realizadas bajo el nombre de Cristo—hacen saber que, como dijo el Papa, son «un canto de esperanza que desmiente y silencia toda fatalidad» Y luego nos envió este obús: «Digámoslo con fuerza: ¡la pobreza no es una fatalidad!».

Así lo pensó, en nuestro ámbito, san José María Yermo y Parres; así lo pensaron «Chinchachoma», el padre Norman o «Fray Tormenta». La pobreza es una fatalidad para quien avanza (¿cuántos de nosotros así lo hacemos?) con el miedo a fracasar, con la tenaza del «todo o nada». Lo que se desprende de estos campeones de la caridad es que hay que tener el coraje de hacer pequeños actos de caridad cada día. Aunque parezcan poco a los ojos de los hombres, «hacen ver a Dios».

TEMA DE LA SEMANA: LA IGLESIA DE LOS POBRES EN MÉXICO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 15 de septiembre de 2019 No.1262