…lo que los hombres tienen por más elevado Dios lo aborrece.

Por Tomás de Híjar Ornelas

Así como el gobierno de México en tiempos de Plutarco Elías Calles se especializó en descatolizar el país de forma violenta, los «asesinatos proditorios» de fieles laicos, incluso menores de edad, y clérigos, sólo por la fe que profesaban, también lo hizo alentando agrupaciones religiosas que terminaron reducidas a sectas, no a Iglesias, como hubiera querido su gestor.

A 90 años del modus vivendi entre la Iglesia católica y el gobierno mexicano, la proliferación de las sectas entre nosotros se mezcla con la de Iglesias que exigen su reivindicación y reconocimiento como tales,más allá del marbete jurídico de «asociaciones religiosas».

¿Qué distingue a la unas de las otras? «La cultura de lo mítico y lo mágico como pilar permite que los grupos destructivos jueguen con las creencias», dice Verónica Mendoza, vicepresidenta de la Red de Apoyo para Víctimas de Sectas. También, empresas con estructura piramidal o grupos de entrenamiento emocional que ofrecen «remedios fáciles» al desarrollo profesional de quienes los procuran. Por último, el auge del crimen organizado y entre sus adeptos, creencias de lo más caprichoso y alienante, al grado que sectas, violencia y grupos criminales se hayan fortalecido de los ámbitos en los que la creencia ha suplido la fe con «una sociedad no pensante», que a decir de la señora Mendoza, son «el germen de la esclavitud del siglo XXI», pues sujetan la voluntad de sus adeptos «al capricho del dirigente».

A decir de la sociología, «las sectas son grupos que tienden a radicalizarse y en ellas existe un proceso de adoctrinamiento».

La fe católica, con el Papa Francisco al timón, se dispone en pocas semanas a abordar como Iglesia el tema de la inculturación de la fe –fe y cultura- y la responsabilidad ante el cuidado de la creación –fe y ecología–.

De la primera, el Papa Pablo VI, en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, llegó a decir: «la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo» (N. 20), de donde derivó, con Juan Pablo II, la premisa que dio vida al entonces Consejo Pontificio de la Cultura: «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida».

Atender a culturas poco o nada sujetas al eurocentrismo capitalista y sus tentáculos ya centenarios, principalmente en África y Asia, no será una excepción en la Amazonia, en la que el fuego ahora consume el último aliento de un hábitat del que depende la calidad de vida de todo el planeta.

Aunque son los obispos de Hispanoamérica los que tienen la responsabilidad más puntual, como pilares apostólicos de las comunidades eclesiales en el continente americano, todos los católicos, especialmente los laicos concientes de su responsabilidad como tales, están llamados a sumar esfuerzos para que este grito clamoroso derivado de la aniquilación de la calidad de vida en todo el planeta, se resuelva con criterios distintos a los que desde Europa contaminaron al mundo en pos de la ganancia material y su sartal de contradicciones.

Si de allá nos vino el Evangelio hace medio milenio, que ahora éste irradie esa cuna con un diálogo abierto, claro y propositivo, que bien podemos perfilar como a oportunidad que el siglo XXI ofrece a los discípulos de Jesús desde la más nutrida de sus cepas, la católica, que ha de serlo no nada más de número, sino a partir de ahora por la calidad de sus acciones a favor de la vida.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 1 de septiembre de 2019 No.1260