Fray Alonso Hernández Parra es un joven sacerdote mexicano de 37 años, nacido en Morelia, Michoacán, y dado a la tarea de buscar vocaciones religiosas. Es el encargado de ayudar y orientar a jóvenes en la misión de vida, donde muchos han descubierto su vocación religiosa. Desde la promoción vocacional de los frailes franciscanos trabaja incansablemente para que la juventud mexicana encuentre la mirada en Cristo, además de ser él, un nuevo joven sacerdote. El Observador de la Actualidad conversó con él sobre los retos y desafíos de las vocaciones religiosas en México.

Por Mary Velázquez Dorantes

En estos tiempos ¿cuál es el reto de buscar vocaciones religiosas?

▶ Sin duda, cada época tiene sus desafíos. Somos hijos de nuestro tiempo, pero lo más hermoso es que el Señor sigue llamando jóvenes para que consagren su vida al servicio del Evangelio y de los demás seres humanos.

Son varios los desafíos. Por una parte, muchos de los jóvenes vienen de ambientes que poco favorecen una respuesta vocacional: familias disfuncionales, experiencias fuertes de inseguridad y violencia, escasa formación religiosa; muchos llegan con una sed profunda por encontrar el sentido de su vida; otros vienen a nosotros después de haber vivido muchas y muy fuertes experiencias en el mundo del libertinaje y de los excesos.

Con todo eso, el mayor reto es poder transmitirles, con coherencia y ejemplo de vida, que es posible y vale la pena seguir y servir al Señor. Muchas veces nuestros jóvenes mexicanos sienten el llamado a seguir a Cristo; sólo requieren de un apoyo vocacional y de una orientación que les hable del eterno amor de Dios. Desde la mirada de los franciscanos invitamos a la juventud a seguir a Cristo en pobreza, castidad y obediencia.

¿Cómo nos compartiría la experiencia de vida franciscana desde su propia vocación?

▶ La vida franciscana consiste en vivir el Evangelio de Nuestro Señor. Desde luego, dos rasgos principales de nuestro carisma son la fraternidad y la minoridad: nuestro nombre oficial es: Orden de Hermanos Menores, así que la fraternidad y la minoridad son dos elementos constitutivos de nuestro ser franciscanos.

Desde mi experiencia vocacional, experimento y vivo la fraternidad como un don de Dios. Es una dicha muy grande vivir como hermanos. La fraternidad nos garantiza una vida de oración. Desde ella realizamos nuestra misión evangelizadora y es ella misma la que nos ayuda a crecer humana y espiritualmente. Desde la minoridad realizamos nuestro servicio.

Estamos llamados a seguir las huellas de Nuestro Señor que se hizo servidor de todos, especialmente de los más necesitados. Trato de actuar desde ahí, sirviendo con generosidad, estando atento a las necesidades de los demás y tratando de ser generoso y servicial. También utilizo y gestiono las redes sociales donde se encuentra nuestra juventud. Soy un fraile «en línea», que orienta la mirada inquieta de los jóvenes. Creo que las redes sociales son una herramienta para el encuentro de las vocaciones religiosas. Personalmente, el uso de Facebook y WhatsApp han sido las mejores técnicas para orientar a muchos mexicanos que sienten el llamado de Cristo.

¿Qué mensaje comparte con los jóvenes inquietos por seguir la vida consagrada?

▶ Les recuerdo que vale la pena seguir al Señor. Los invito a ser auténticos en su búsqueda y muy generosos en su respuesta. También los invito a que hagan experiencia de un Dios que es Amor, y así, en la medida en que lo experimenten en sus vidas, desde la fe, la oración, la vida litúrgica y sacramental, desearán y podrán consagrarse a Él, amando y sirviendo a los demás. También los invito a que pidan ayuda para clarificar lo que Dios les pide. Que se dejen guiar en el camino de su vocación.

Que se pongan en las manos del Señor y de los formadores para purificar aquello que impide una respuesta auténtica y generosa o aquello que entorpece el camino de conversión y conformación con Cristo y con el carisma por el cual han hecho una opción de vida.

¿Cuáles han sido las gratificaciones más especiales para usted, luego de ser fraile franciscano?

▶ Desde hace dos meses soy sacerdote y me encuentro muy feliz. Sin duda que este es un don muy grande que Dios, en su infinita bondad, me ha concedido. Después de los años de mi formación, puedo reconocer el amor misericordioso de Dios durante toda mi vida y especialmente en el camino vocacional, así que otro don muy grande y gratificante ha sido el poder emitir mi profesión perpetua.

Una gracia muy grande y que ha fortalecido mi fe, mi vida cristiana y mi vocación religiosa ha sido la oportunidad de realizar mis estudios de Teología en Tierra Santa, donde tuve la oportunidad de conocer, visitar y tocar los principales lugares que conservan la memoria viva de la presencia de Nuestro Señor Jesús. Pero, además de esto, tuve la gracia de compartir mi fe y el amor por la Tierra Santa, por Nuestro Señor y por su Palabra, acompañando y guiando peregrinos que visitaban los Santos Lugares durante el último periodo que estuve sirviendo como diácono.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 29 de septiembre de 2019 No.1264