Por Arturo Zárate Ruiz

Es la Iglesia Católica la que reconoce qué va o no va en la Biblia, y no la Biblia la que se autoriza a sí misma, como pretenden algunos protestantes para legitimarse a sí mismos y proclamarse como los más fieles seguidores de esas escrituras.

Es un hecho histórico que la Iglesia Católica, reunida en el Concilio de Hipona en 396, definió la lista oficial de libros que integrarían la Biblia. Gracias a este concilio quedó en claro qué textos eran reconocidos como Sagradas Escrituras y cuáles no.

Es otro hecho histórico que la Iglesia ha sido la que ha autorizado sus traducciones, como la de san Jerónimo al latín, y las de san Metodio y san Cirilo al eslavo.

Hoy son las conferencias episcopales de distintas naciones, con la aprobación de la Santa Sede, las que producen traducciones autorizadas a los idiomas locales.

Pero, por si quedara duda de que la Iglesia es la que autoriza, y se dijera en cambio que hubo otra Biblia anteriormente a las intervenciones de la Iglesia,  intervenciones corruptoras del texto original, quiero ofrecer al lector lo que podríamos llamar “la prueba de la coma”.

En tiempos previos al Concilio de Hipona no se escribía como ahora usted lee.  Se hacía, por poner un ejemplo, así:

ENTIEMPOSPREVIOSALCONCILIODEHIPONANOSEESCRIBIA

En breve, todo eran mayúsculas, no había espacios entre las palabras, en algunos casos no había ni vocales por estar escritas las escrituras en hebreo antiguo, ni había, ponga usted atención, puntuación.

Dónde iban las pausas en un escrito, lo que hasta en la Edad Media se marcó gráficamente con comas y puntos, lo tenía y lo ha tenido que definir la Iglesia.

Sin la asistencia de la Iglesia no sabríamos si el texto del Padre Nuestro es así:

“Santificado sea tu nombre. Venga a nos tu Reino.  Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo”.

O así:

“Santificado sea tu nombre, venga a nos tu Reino, hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo”.

En el primer texto, el “así en la Tierra como en el Cielo” modifica una sola cláusula; en el segundo, modifica tres.  De hecho, hay discusión todavía en la Iglesia sobre cuál es la grafía correcta.  Santo Tomás de Aquino prefiere la segunda grafía porque especifica que muchas cosas deben ser “así en la Tierra como en el Cielo”.  Sin embargo, por la sencillez gráfica muchos pastores católicos usan la primera versión y así por lo regular el pueblo de Dios reza el Padre Nuestro.

De lo que no hay duda es sobre si debe o no darse una pausa, o gráficamente una coma, en los mandamientos.  Porque de no darse la pausa tenemos:

“No mataras. No fornicarás. No robarás.  No mentirás”.

De introducir las comas, tendríamos:

“No, matarás.  No, fornicarás.  No, robarás.  No, mentirás”.

En pocas palabras los mandamientos ordenarían el cometer estos pecados.  Pero la Iglesia ha sido siempre la que define la lectura correcta de las Escrituras, y por ella, aunque leyésemos NOMATARASNOFORNICARASNOROBARASNOMENTIRAS sabríamos y sabemos su sentido correcto.