El compromiso de los jóvenes se vuelve cada vez más individualista. Los ideales son altos, pero en su búsqueda dejan de lado la madurez para concentrarse en gustos y necesidades, no precisamente básicos

Por Mónica Muñoz

“Los primeros cuarenta años de la infancia son los más difíciles», leí un día en un «meme» que apareció en una red social, frase que me causó mucha gracia porque hacía referencia a un grupo de varones que estaban jugando como si fueran niños. Sin embargo, un día se me ocurrió soltar la misma oración frente a un grupo de hombres de mediana edad y no les hizo el mismo efecto. Curioso, me puse a pensar, no todos opinan lo mismo. Sobre todo porque el contexto era distinto, pues se trataba de personas profesionistas, algunos empresarios, otros maestros, indudablemente un grupo de adultos que habían madurado desde hacía tiempo.

Sin embargo, estamos viviendo un fenómeno que contiene varios puntos para la reflexión. Aclaro que no se trata de un estudio, simplemente de una observación personal, pero que está dando material para que los especialistas en ciencias sociales profundicen en las causas y motivos que tienen los jóvenes y adultos jóvenes para prolongar su adolescencia y juventud.

Las decisiones

Y es que realmente llama la atención que, actualmente, los jóvenes evitan tomar decisiones importantes a corta edad, tal como lo hacían sus padres. Por ejemplo, terminan una carrera universitaria y piensan en trabajar para ganar dinero y poder viajar, comprarse un coche y obtener artilugios de última generación que los mantengan a la vanguardia en la tecnología y la moda. Por eso, cuando se dan cuenta, ya han pasado algunos años y siguen viviendo con sus padres porque no les alcanza el sueldo para rentar una casa propia o, menos aún, para pensar en casarse y mantener
una familia.

Por supuesto, esa es una idea que poco a poco se ha ido diluyendo en la manera de pensar de estas generaciones. Me refiero a los jóvenes entre 22 y 25 años, que es cuando más o menos van concluyendo sus carreras universitarias y se integran al ámbito laboral. Sin embargo, aunque logren consolidarse económicamente, tienen tantos gastos que no les alcanza para independizarse; por eso llegan a los 30 y aún no se sienten capaces de hacer sus vidas lejos de la casa paterna o materna.

Sin compromisos

Pero si nos referimos a tomar la decisión de casarse, entramos en un terreno bastante escabroso. Por poner una referencia, encontramos que las cifras no mienten. Así pues, para el 2012 el INEGI registró 585 mil 434 matrimonios, pero en el 2018, fueron 501,298, un enorme descenso, sobre todo porque no habían pasado mas que seis años, lo que nos habla de un dramático cambio de mentalidad en los jóvenes que están optando por vivir en unión libre sin compromiso de por medio. Además, también se nota en la edad en la que se casan: en los mismos años, el promedio era, para los hombres, de 30 años, y para las mujeres, de 27. Actualmente, no hay mucha diferencia; sin embargo, se puede observar que muchos adultos jóvenes que han pospuesto dar este paso por múltiples razones están casándose ya entrados los 30 y hasta 40 años, fenómeno que va en aumento. Incluyendo la decisión de tener sólo un hijo o no tener, prefiriendo una mascota. Y la tendencia es que en los próximos años estas cifras no cambien, mucho menos los comportamientos, sobre todo en los varones, porque las mujeres sí se ponen cierto límite cuando piensan tener hijos.

Aplazar la madurez

Otro punto para analizar es que las personas que estoy describiendo piensan que tienen toda una vida por delante. En parte tienen razón, porque la esperanza de vida ha aumentado en todo el mundo; así que un joven adulto de treinta años puede suponer que vivirá por lo menos otros 45 años; sin embargo, no hay motivos poderosos que los haya impulsado a dejar el confort de su vida familiar, prolongando una adolescencia que incluso algunos científicos han determinado que abarca desde los 10 hasta los 24 años, lo cual no depende sólo del desarrollo físico y mental sino de la capacidad que tengan estos individuos de adquirir compromisos y enfrentar responsabilidades.

Y no es broma, me he topado con adultos que, a los 32 años, aún creen que son demasiado jóvenes para casarse; uno hasta me comentó que su papá aún lo iba a apoyar ¡para que siguiera estudiando la preparatoria! Ante esta situación, no queda más que preguntarnos: ¿qué estamos haciendo con nuestros hijos? Los padres y madres de familia tienen la grave responsabilidad de alentarlos para que salgan al mundo a abrirse paso, de la misma manera en que ellos lo hicieron. Es necesario que los enseñen a enfrentar cualquier situación, por difícil que parezca, que les den la suficiente confianza para resolver problemas y dejarlos sufrir un poquito, porque darles todo sin esfuerzo de su parte sólo los dañará.

Por eso, por el bien de los niños, adolescentes y jóvenes, dejemos de consentirlos en exceso. Es bueno pensar, de vez en cuando, que un día podríamos morir repentinamente, dejándolos desprotegidos. Más vale entonces que tengan las herramientas y habilidades necesarias para saber defenderse en la vida. Ayudemos a que nuestras nuevas generaciones aprendan a ser responsables y que le pierdan el miedo a madurar.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 15 de diciembre de 2019 No.1275