Por Josefa Romo Garlito

Nuestras calles y plazas se han vestido de luces y ahora vemos el “belén” o “nacimiento” o “pesebre” en iglesias, hogares y en algunos establecimientos.

Como nos dice el Papa Francisco:

El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración. La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría.

El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura. La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él ( 1-12-2019).

Los niños disfrutan mucho con las figuras del belén. Me impresiona la de San José, el humilde carpintero, a quien Dios escogió para custodiar al Niño de Dios y a su Madre bendita.  En San José vemos la figura del padre, tan necesaria. De familia real, era de Belén y allí fue a empadronarse con María de Nazaret, su esposa. No les dieron posada y este hombre palparía, en la frialdad del posadero, que el amor al dinero nubla la mente,  endurece el corazón e impide notar la presencia del Señor y sentir el  “estupor” propio de la Navidad “por el gran misterio de Dios hecho hombre.