Hace ya casi once años, cuando inició la epidemia de AH1N1 hacia mediados de abril de 2009 en México, la Organización Mundial de la Salud (OMS) intervino de manera contundente, tanto así que para el mes de mayo hasta cambió la definición de pandemia, pasando de ser una «infección simultánea en diferentes países, con una mortalidad significativa», a una enfermedad infecciosa con presencia en un mínimo de tres países, y sin necesidad alguna de que la enfermedad fuera mortal. De este modo, casi cualquier mal causado por virus, bacterias u hongos encajaba en tan ambigua definición de pandemia.

Igualmente, en aquella primera pandemia del siglo XXI, la OMS promovió el uso del antiviral oseltamivir (de nombre comercial Tamiflu o Zanamivir) como tratamiento que sí curaba dicha influenza: de este modo dio inicio a un jugoso negocio de mil millones de dólares con la venta del oseltamivir a todos los países.

Pero en años posteriores diversos estudios, como el de la Fundación Cochrane, publicado en el British Medical Journal, y realizado en una muestra de 30 mil pacientes adultos, demostró que sólo sirvió para aliviar los síntomas 16 horas antes que en los que no lo tomaron. En  2014 la revista The Lancet Respiratory Medicine publicó un artículo sobre pacientes con neumonía como complicación de la gripe, reportando que la mortalidad disminuye apenas en un 19% con el oseltamivir.

Finalmente, en 2017, después de que se publicara otro estudio que detectó que no existía evidencia de que el antiviral redujera la probabilidad de neumonía, de hospitalización o de complicaciones vinculadas al AH1N1, la OMS retiró el oseltamivir de su lista de «medicamentos esenciales».

Además, al haber ubicado la epidemia de 2009 en el nivel más alto posible, trajo profundas consecuencias sociales y económicas; entre ellas, el trato discriminatorio  hacia los mexicanos, el rechazo a sus productos de exportación, el cierre de vuelos internacionales hacia México, etc. Y, claro, con el país prácticamente paralizado y con el planeta atemorizado, la economía mexicana se vio muy dañada, generándose aquel año una fuerte caída del producto interno bruto (PIB).

El proceder la de OMS fue tan duramente criticado a nivel mundial en ese y  los siguientes años, que es probable que esto influyera para que con el «virus de Wuhan» este organismo subsidiario de la ONU haya decidido irse con más tiento.

Frente al «2019-nCoV»

La decisión que tomó la OMS a principios de  enero de 2020 fue no declarar una emergencia internacional ante el brote. En los siguientes días estableció el riesgo de contagio como «moderado». Ya para el día 22 de enero dijo que haber declarado la nueva enfermedad como de riesgo «moderado» se debió a un «error de formulación», y lo elevó a «muy alto en China», y «alto a nivel mundial».

Cuando inicia una epidemia, como la información que se va descubriendo es muy limitada, nadie sabe realmente las consecuencias que puede producir a nivel global. Es un hecho, siguiendo el orden natural de las cosas, que algún día ha de presentarse una pandemia que aniquilará a decenas o cientos de millones de personas, como ya ocurrió en tiempos pasados; pero nadie puede decir cuándo ocurrirá ni qué microorganismo será el causante . Así que las medidas, aunque en apariencia exageradas, no necesariamente están equivocadas.

Falsas seguridades

Sin embargo, la ciencia no lo sabe todo, de manera que suelen presentarse falsas seguridades, como la del oseltamivir, que luego quedan desenmascaradas.

Lo mismo sucede con el 2019-nCoV o «virus de «Wuhan»: en un principio se dio entre la lista de síntomas que podían llevar a sospechar de la enfermedad cosas como tos, fiebre alta, dolor de cabeza y cansancio, igual que en cualquier otra enfermedad respiratoria aguda común; luego se encontró que en algunos casos el síntoma puede ser diarrea por gastroenteritis. Y en los casos graves se había detectado dificultad para respirar y hasta insuficiencia renal. Igualmente se supuso que, como en el caso de otros coronavirus conocidos, el período de incubación promedio andaría en los 5 días; lo que significa que si alguien estuvo en contacto con el virus, si después de ese tiempo no presenta síntomas puede considerarse sano.

Pero la realidad es distinta: el nuevo coronavirus tiene un período de incubación de entre 7 y 15 días, y ya se comprobó que un infectado puede contagiar a  otros antes de presentar cualquier síntoma.

Más aún, hay enfermos que caen colapsados al suelo de forma repentina, sin haber tenido la menor sospecha de enfermedad porque no tenían ningún síntoma.

Además el virus permanece vivo en banquetas y toda clase de superficies hasta por 72 horas.

En los aeropuertos internacionales básicamente se ha determinado descontar la presencia del virus en una persona si ésta no presenta fiebre. Pero igualmente hoy se sabe que hay contagiados a los que nunca les da.

Por otro lado, las continuas mutaciones naturales de muchos virus pueden tornarlos unas veces más virulentos y otras veces  más suaves. Ya en 2010 la Secretaría de Salud calculaba que en el primer año con la nueva cepa del virus AH1N1, hasta 20 millones de mexicanos se habían infectado sin enterarse siquiera.  Quizá con el paso del tiempo el «virus de «Wuhan» también se vaya suavizando en sus efectos.

Pero, por lo pronto, se encuentra en una fase muy  activa, y la construcción de un mega-hospital de mil camas en sólo unos cuantos días ya es indicio de que China espera una propagación mucho mayor. Un estudio predice que para el 4 de febrero ya habrá 200 mil contagiados.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: EL VIRUS DE WUHAN Y LAS NUEVAS EPIDEMIAS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 2 de febrero de 2020 No.1282