Por José Francisco González, obispo de Campeche

Frente a la ley hay dos actitudes distintas, radicalmente opuestas. Por un lado, podemos ser tan apegados a cumplir lo mandado, que ese endurecimiento por cumplir se vuelve inflexible y asfixiante. Por el otro lado, puede haber una actitud tan laxa, que raye en la indiferencia y el desprecio al orden establecido o mandado.

San Mateo 5,17-37 indica que algo parecido sucedió en las primitivas comunidades de los cristianos. ¿A qué grupo hacer caso? ¿A los liberales o a los ultra ortodoxos? ¿Qué se debe hacer? ¿Cómo se puede obtener luz para iluminar esta problemática? La respuesta fue: voltear a ver a Jesús, y ver su modo de comportarse ante la ley.

Las enseñanzas de Jesús eran tan radicales, que a primera vista parecería que a Jesús no le importaba cumplir la ley. Así, por ejemplo, cuando Él habla acerca de la división de los alimentos puros e impuros muestra una sana indiferencia (todo está permitido, el mal sale de dentro, no viene de fuera), cuando toca el punto de las abluciones y de lavarse las manos, etcétera.

El Evangelio de hoy, de entrada, nos aclara que Jesús no es un anárquico, que desprecie, por sistema, el conjunto normativo. Él no es un ‘contreras’ por sistema. Antes bien, Él afirma de modo contundente: “No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”.

Lo que Jesús, por así decir, ‘desprecia’ de la Ley, es la interpretación casuística y tergiversada de los fariseos. Esa manera y esa forma no era un cumplir la voluntad de Dios, sino una forma religiosa de oprimir a la persona humana. Por eso, el evangelista pone en boca de Jesús, que si la justicia y el modo de proceder de los discípulos no supera los modos y las formas de los escribas y fariseos, no podrán entrar en el Reino de los Cielos.

JESÚS VA AL FONDO

La forma pedagógica de Jesús es presentar esas maneras distintas de ver la Ley en forma de antítesis. Es como poner el “modo original”; es decir, el modo que lleva a obedecer lo que Dios realmente quiere para la vida plena del hombre; en contraste, con el “modo-copia” y de mal gusto, que proponen los deformadores de los ordenamientos y leyes.

La primera antítesis toca el 5º Mandamiento: No matarás. Con presteza decimos: “Yo no robo ni mato”; y por ende, nos declaramos inocentes y pulcros. Pero Jesús “completa” y toca más profundo en el sentido de ese mandamiento. Jesús enfatiza que si alguien insulta y se enoja de modo violento contra alguien, ya lo mató en su corazón. En otras palabras, no controlar el carácter y explotar es un modo de faltar al deseo de Dios de fraternizar con todos.

Si alguien comete un homicidio es perseguido de oficio. Se le abre expediente en la Fiscalía. En cambio, si alguien ofende,  echa vigas, dice improperios, no pasa nada ante los tribunales humanos. Jesús aclara, que ante los ojos de Dios, ambas cosas deben ser evitadas por el discípulo en paridad de circunstancias, por el efecto que producen: Matar al otro, física o espiritualmente.

Después, vienen otras antítesis. Por falta de espacio ya no se atienden aquí, pero sería muy interesante meditar la novedad y la frescura que imprime Jesús en su enseñanza. Las enseñanzas van a cómo resolver un conflicto, la cuestión relacionada con el adulterio y lo referido al juramento. Digamos con san Pablo 1 Co 2,10:

¡El Espíritu todo lo sondea hasta las profundidades de Dios!