Por José Ignacio Alemany Grau, obispo

Reflexión homilética para el 16 de febrero de 2020

Ante todo, la liturgia de hoy deja claro que Dios nos ha hecho libres y respeta nuestra libertad. Por tanto el cumplir o no sus mandamientos depende de nosotros.

  • Eclesiástico

“Si quieres guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad”.

Es prudente cumplir la voluntad de Dios y en ti está la vida o la muerte según escojas el bien o el mal.

Nunca podremos echar a Dios la culpa de nuestro mal proceder. La libertad es una de las cosas más grandes que el Creador dio a sus criaturas humanas. Por eso cuando los hombres impiden a sus hermanos actuar con libertad, están ofendiendo lo más querido que tenemos.

  • Salmo 118

Caminar en la voluntad de Dios hace feliz al ser humano:

“Dichoso el que camina en la voluntad del Señor”.

Esta bienaventuranza es como una bendición que promete el salmista:

“Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor. Dichoso el que guardando sus preceptos lo busca de todo corazón”.

Por eso será bueno que también con el salmista pidamos:

“Muéstrame Señor el camino de tus leyes y lo seguiré puntualmente. Enséñame a cumplir tu voluntad y guardarla de todo corazón”.

  • San Pablo

El Espíritu Santo es el único que conoce la intimidad de Dios porque es su Espíritu. Algo así como mi espíritu humano es el único que puede conocerme a mí mismo y penetrar mi interior.

El Espíritu Santo nos enseña una sabiduría que no conocen ni las autoridades ni la ciencia puramente humana:

“Hablamos entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo… sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos de nuestra gloria”.

El cristiano que tiene intimidad con el Espíritu de Dios, es el que puede penetrar esa verdadera sabiduría.

  • Verso aleluyático

Los secretos del Reino los conoce únicamente la gente sencilla y sin prejuicios que es iluminada por el Señor. Por eso Jesús glorifica al Padre:

“Bendito seas Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del Reino a la gente sencilla”.

  • Evangelio

Jesús ha subido a una colina próxima a Cafarnaúm y sentado, como un nuevo Moisés, empieza a presentar la ley del Nuevo Testamento.

Ante todo advierte que no viene a quitar fuerza al decálogo, sino más bien a profundizar, desde el amor de Dios, que se ha revelado en Jesús la ley de salvación.

De esta manera el precepto antiguo no queda simplemente como una ley externa sino que es algo más profundo que procede de la caridad de Dios, que ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, en el bautismo.

Hoy el Evangelio, según el párrafo que presenta la liturgia como “abreviado” nos habla de “no matarás… no cometerás adulterio y no jurarás en falso”.

Veamos la breve explicación que nos da Jesús:

+ “No matarás”. Esto queda claro. Pero no basta entenderlo como quitar la vida del cuerpo, sino que el que quita el amor al hermano le está quitando lo mejor que tiene la vida: amar y ser amado.

+ En cuanto al adulterio, no se trata únicamente de pecar con otra mujer sino que quien “la desea en su corazón” ya adulteró porque se pone en peligro y tras el deseo puede venir la acción pecaminosa.

+ En cuanto a jurar en falso, explica Jesús que no conviene jurar de ninguna forma. Más bien nos enseña, como aprendimos en el catecismo cuando éramos pequeños: “decir sí o no como Cristo nos enseña”.

Al jurar tenemos el peligro de poner a Dios como testigo de cosas falsas o utilizar con frivolidad el santo nombre de Dios.