Mónica Lehder ha pasado su vida cargando la sombra de un apellido marcado por el narcotráfico. Su padre, Carlos Lehder, quien se encuentra preso en Estados Unidos y condenado a cadena perpetua desde hace 33 años, fue cofundador del Cártel de Medellín, junto al abatido Pablo Escobar. Su caminar no ha sido fácil, ha pasado parte de su vida contando su historia, pero hay una que pocos conocen: su conversión. Aunque creció en una familia católica, no era practicante; en su adolescencia y juventud llevó una vida desordenada, hasta que alguien le hizo una invitación que la cambió por completo. Hoy es diseñadora de modas, hace apostolados, servicio a la comunidad, participa en la Eucaristía, es emprendedora: está enamorada de Dios.

Por Rubicela Muñiz

Tu historia siempre ha estado relacionada con tu padre, con su situación y lo que has vivido a casusa de ello, pero ahora te encuentras en otro punto que pocos conocen. Cuéntanos sobre eso.

▶ Nací en un mundo que no escogí, que es el mundo del narcotráfico, y aunque mi papá estaba en el mundo del narcotráfico, ese mundo no era parte de nuestra vida, pero sí empezaron sus consecuencias a recaer sobre nosotros. Entonces siempre ha sido, desde muy pequeña, una lucha constante de mantenernos alejados, para tener una vida lo más normal posible en medio de lo que se vive: amenazas, sangre, exilio, pobreza, soledad, tristeza. Aunque es difícil cuando todo mundo sabe quién eres.

Naciste en una ciudad pequeña, Armenia, Quindío y aún permanecen tú y tu madre ahí, ¿cómo la han pasado?

▶ Eso es una bendición y una maldición al mismo tiempo, porque por un lado conocen tu historia y, por otro, son los primeros en señalarte, entonces, estás cómodo de alguna manera y tratas de hacer siempre el bien. Todos, sobre todo los hijos de narcotraficantes, siempre debemos vivir sobre una cuerda floja, no tenemos derecho a equivocarnos en nada como cualquier persona lo hace, como cualquier adolescente que comete sus errores. Nosotros, los hijos de los narcos, siempre estamos en el ojo del huracán.

Parte de tu adolescencia y juventud viviste un tanto acelerada, buscando tu lugar en el mundo como cualquier otra chica, y ya te acercabas a la vida espiritual.

▶ Sí. En mi adolescencia empiezo a tener mi propio criterio y empieza una etapa importante, en donde existe el bien y el mal, en donde nos enfocamos a lo mundano. Mi familia es una familia católica, pero no practicante. Le agradezco mi vida espiritual a mi abuela materna que fue la que me sembró ese amor hacia Dios y a la Virgen María; es gracias a ella que soy mariana.

La Virgen nos ha acompañado en los momentos difíciles, desde la cárcel de mi mamá hasta la extradición de mi padre, cuando yo tenía cuatro años. A los 15 años es cuando empiezo a experimentar los dolores ajenos, cuando un amigo muere en un accidente de tránsito. Ahí empiezo a sentir la realidad, empiezo a conocer a Dios y a comprometerme con la Iglesia. Conocí a un sacerdote que se volvió un buen amigo. Ahí ya Dios me llamaba, pero en mi rebeldía no hice mucho caso; pero yo siento que al conocer al padre Martín mi vida espiritual empezó a hacer un cambio, aunque seguía siendo una católica tibia, con un Dios al que yo le digo «bombero», porque solo lo llamaba cuando me estaba «incendiando».

Y en ese lapso que estuviste más cercana a la Iglesia, ¿qué comenzaste a hacer?

▶ Me acercaba a la Eucaristía, me acercaba al sacerdote, podía platicar con él, resolvía mis dudas, me explicaba la Palabra y vi en él a un amigo; empecé a tener guías espirituales, los cuales nunca había tenido, y que son tan necesarios como el sicólogo y el siquiatra, pero lastimosamente no era constante, empecé a cometer muchos errores en esa adolescencia y juventud, donde hubo mucho licor, sexo, malas decisiones; me mezclé con las personas equivocadas.

Tenía mis límites y mis parámetros, pero también tuve mis momentos de oscuridad. Hice cosas que no debí haber hecho, porque hoy hemos vuelto las cosas (malas) muy normales. No me considero santa, la obediencia me cuesta. Mi mamá en ese momento me podía decir muchas cosas, pero caso no le iba a hacer, porque yo estaba muy metida en mis ideas

¿Las cosas ya estaban mejorando?

▶ No del todo. Después vuelve a llegar la muerte a mi vida, cuando mi mejor amiga muere a manos de su novio a escasos 19 años, y ahí empiezo a sentir la primera depresión grande, me vuelvo a acercar a Dios, después me vuelvo a alejar y fue un constante ir y venir, hasta hace 10 años. Vivía en un momento de mucha oscuridad en mi vida, de malas decisiones, de terminar relaciones, de la carga de tanto dolor, de todo lo de mi papá, de tener problemas económicos, de seguridad, de no poder realizar mis sueños, de verme económicamente muy amarrada, mientras el resto del mundo salía adelante; empiezo una vida de mucho alcohol, de mucha fiesta, sin importar lo que pasara.

Estaba muy deprimida. Entonces un amigo me invita a una Eucaristía y yo le dije que sí. Era una Misa de sanación en la que empiezo a ver y sentir unas cosas impresionantes, a ver una realidad, a quitarme esa máscara del mundo.

Empiezo a hacer cambios: dejé de tomar, decidí parar y empecé un proceso de sanación. Todo mundo pensaba que iba a terminar casada con un narcotraficante, porque ellos me buscaban; con eso batallé mucho, no porque fuera la más linda, sino porque era la hija del «patrón».

¿Cómo llega Emaús a tu vida?

▶ Para mis amigas yo seguía siendo la oveja descarriada y es así como hace seis años llega a mi vida Emaús, el retiro. Es una comunidad católica de laicos para laicos, que llega a la ciudad de donde yo soy, Armenia, en Colombia. A mi me llamaba cero la atención, yo decía que yo tenía mi fe intacta y las criticaba porque se volvieron santas de la noche a la mañana, me parecía ridículo. Insistieron como dos años para que hiciera el retiro, pero les decía que no, yo me creía más santa que ellas.

Hoy en día entiendo cómo ellas me veían, pero ellas me dieron el regalo del retiro; fui obligada de alguna manera y tome la oportunidad. Fui con la mejor actitud del mundo y cambió mi vida por completo, no en ese fin de semana, sino a partir de ahí; es un proceso, es un camino. Desde que lo hice decidí que ese era el camino que quería seguir, me enamoré de Dios, vi lo grande y maravilloso que es, me ayudó a sanar muchas cosas, despejó mi mente y corazón, y yo le entregué mi ser.

También con esto vino «En Ti confío», ¿de qué se trata?

▶ La oportunidad que me da Emaús es el servicio y a mí me gusta ayudar a los más necesitados, a los menos privilegiados, porque yo he sentido esas necesidades y alguien me ha brindado una mano. Servía de lunes a lunes y empecé a pedirle a Dios, con mucha fe, que por favor me regalara un proyecto, yo tenía un trabajo que me gustaba, pero sentía que necesitaba hacer más. Yo soy diseñadora de modas y me gusta crear, me encanta el color, pero estaba rodeada de trabajo.

Y un día llega a mí la idea de crear una marca de accesorios y artículos religiosos católicos a la que llamé «En Ti confío». Parte de la marca es creada por personas privadas de la libertad. La primera colección fue creada en la prisión de mujeres en Armenia, donde le llevamos a las internas una capacitación en arte de cosas sencillas que puedan aprender, para ellas generar ingresos en prisión, para su sostenimiento en la cárcel o para sus hijos, y eso les ayuda a que cuando salgan puedan trabajar desde su casa, generar ingresos desde algo mínimo, porque a muchas de estas personas no les dan trabajo.

Mi mamá estuvo 20 meses en prisión y alguien le enseñó a bordar, a tejer, y con lo que ella aprendió, con eso me sacó adelante cuando estuvo libre. Entonces, «En Ti confío» es una base inspirada en mi madre. Por eso digo que, si alguien lo hizo por mi mamá, sé que es posible, con algo tan simple, cambiar vidas y cambiar familias. Soy parte de la pastoral penitenciaria y es así como Dios me regala poder unir las tres pasiones: el diseño, la evangelización y el servicio social.

Además fomentas el perdón y la reconciliación

▶ Así es. «Paz, perdón y reconciliación» es el eslogan que nos marca. Se trata de primero perdonarme a mí misma por mis errores, por mi falta de Dios, por mi falta de temor de Dios, por ser tan imperfecta y no querer cambiar. Pero entonces Dios me muestra, por medio de personas como Juan Pablo Escobar, que el verdadero perdón es posible. Cuando él me busca, a mí y a otras víctimas de su padre para pedirnos perdón, yo decido verlo porque no es su responsabilidad pedirnos perdón, pero la sociedad nos obliga a cargar con las culpabilidades de nuestros padres. Yo no tengo nada que perdonarle, para mí él también es una víctima, y hoy somos grandes amigos.

Finalmente, ¿qué piensas del foco tan grande que se le da hoy en día al narcotráfico en los medios?

▶ Por eso contamos nuestras historias, porque vimos que gran base de toda esta problemática es la glorificación del narcotráfico que dan los medios por medio de las narco novelas o las narco series. Muestran a un narco glorificado, la plata (dinero), poder, mujeres, exceso, los cuales no duran el tiempo que piensan y le quitan la realidad, le quitan sus verdaderas consecuencias, lo que rodea a la familia y lo que queda. Los jóvenes no deben tener esos parámeparámetros. No es dinero fácil, es un dinero que trae sangre, dolor, tristeza; de fácil no tiene nada, lo único que trae es desgracia; es un dinero maldito.

El 4 de febrero pasado, Carlos Lehder (70 años), cumplió 33 años de haber sido extraditado. Mónica lo conoció cuando tenía 10 años, y desde entonces, sólo lo ha podido ver en otras dos ocasiones. Sabe que su padre tiene que pagar por lo que hizo, pero tiene la esperanza de volver a verlo en libertad, o al menos de poder visitarlo en la prisión.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 16 de febrero de 2020 No.1284