Por Sergio Ibarra

Sócrates afirma que no sabe las respuestas a las preguntas que hace, y si es superior en sabiduría, sólo se debe al hecho de que, a diferencia de otros, es consciente de que no lo sabe. Sí, él tiene doctrinas a las que recurre; como ejemplos: que es mejor sufrir injusticia que hacerla; que nadie comete un error voluntario sino sólo por ignorancia; que un hacedor de injusticia es mejor que sea castigado por ello. Y tuvo y mostró con su propia vida una confianza total en estos juicios.

Cuando Polus dice que es fácil refutar la opinión de que el hombre injusto no castigado es más miserable que el castigado, Sócrates responde que es imposible. Porque la verdad nunca es refutada. Y Sócrates le dice a Calicles, personaje de los Diálogos de Platón, un defensor del derecho natural, que es más malvado, feo y vergonzoso cometer una injusticia que sufrirla. ¿Es este Sócrates supremamente confiado que simplemente es irónico cuando más se niega que él lo sepa? ¿Cómo entendemos lo que Gegory Vlastos, filosofo contemporáneo de la Universidad de Berkeley, llama la paradoja central de Sócrates sobre su profesión de ignorancia?

Hoy han pasado más de dos mil trescientos años de la ironía de Sócrates que inspiró esta paradoja de la profesión de la ignorancia; pero el chiste es que una que es consciente, podría afirmarse que es una confesión filosofal de quien ha recibido, a lo largo de los siglos, el reconocimiento de ser el padre de la filosofía, la madre de todas las ciencias, nada más.

La contradicción es que en este siglo XXI, con muchos, pero muchos misterios que la humanidad ha logrado explicar, y con una inmensa cantidad de conocimiento al alcance de las personas, en relación con los que a Sócrates le tocó vivir, la ignorancia que hoy campea en la política es una insolencia y peor aún quién se atreve, desde la ignorancia, erigirse como un portador de la verdad.

Es urgente que, como sociedad, se construyan contrapesos suficientes para contrabloquear decisiones que ya están teniendo lugar y que podrán traer consecuencias irreversibles para ésta y las siguientes generaciones.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 22 de marzo de 2020 No.1289