Por Modesto Lule MSP

Una persona vino para que le exorcizara agua, aceite y sal. Me dijo que estaba preocupada por las cosas que acontecían en su casa y por aquellas cosas que no le daban paz en su familia. Decía que de un tiempo a la fecha les iba muy mal económicamente, que las enfermedades iban y venían de una forma y de otra. Que en el trabajo tenían muchas dificultades y que sus mascotas estaban intranquilas casi siempre en su hogar. Lo que platiqué con aquella persona, para orientarla en la fe hoy quiero compartirlo.

Hay que tener en cuenta que si los espíritus impuros (como así son llamados en la Biblia) nos están acechando y afectando, y nosotros para protegernos buscamos tener una medalla bendita de san Benito o rosarios o escapularios o el agua o el aceite o la sal exorcizada, eso no garantizará verdaderamente una protección o liberación de las fuerzas oscuras. Porque las fuerzas oscuras existen, san Pablo habla de ellas cuando dice en la carta a los Efesios, 6, 12: «Porque no estamos luchando contra poderes humanos, sino contra malignas fuerzas espirituales del cielo, las cuales tienen mando, autoridad y dominio sobre el mundo de tinieblas que nos rodea». Hay quien dice que este tipo de presencias no existen. Negarlas no hará que no existan. Ellas ahí van a estar y buscaran siempre atacarnos. Y si queremos hacerle frente a este tipo de fuerzas oscuras, hay que luchar no solamente con objetos o sustancias benditas. Antes de eso, debemos de analizar las cosas malas que nos suceden con la razón para buscar, si es que existen, causas naturales de esos males. No siempre hay que echarles la culpa a los demonios como si ellos fueran siempre los culpables. Nosotros también tenemos mucha culpa en las situaciones nada agradables que nos pasan. Puede ser nuestra falta de organización, disciplina, trabajo, reflexión y juicio para hacer las cosas.

También hay que aceptar nuestras equivocaciones si queremos corregir los males y ponernos a trabajar cuando encontremos las razones de nuestros males.

Hay que vivir cumpliendo la voluntad de Dios y Él nos auxiliará cuando nos veamos sumergidos en el peligro de los espíritus malignos o nos dará la luz, la sabiduría para poder encontrar soluciones a nuestros problemas. No debemos, pues, sostener nuestra fe ni de medallas, ni de sal o aceite exorcizados. Analicemos nuestros actos ante Dios y corrijámoslo. En la Biblia, en el pasaje de Isaías 58, 9 – 10, dice: «Entonces, si me llamas, yo te responderé; si gritas pidiendo ayuda, yo te diré: ‘Aquí estoy.’ Si haces desaparecer toda opresión, si no insultas a otros ni les levantas calumnias, si te das a ti mismo en servicio del hambriento, si ayudas al afligido en su necesidad, tu luz brillará en la oscuridad, tus sombras se convertirán en luz de mediodía».

Hasta la próxima.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 1 de marzo de 2020 No.1285