Por José Francisco González, obispo de Campeche

El Evangelio nos describe muy bien. Estamos representados por los discípulos de Emaús. Ellos, como muchos otros, se habían hecho altas expectativas sobre Jesús. Le vieron realizar tan grandes milagros y su predicación era tan convincente como atractivo su modo de vivir que las ilusiones personales se pintaron de colores.

Pero todo se derrumbó con la muerte de Cristo. No habían pensado en que Él pudiese morir, y menos en la forma que murió, crucificado.

Eran, pues, dos discípulos que se van alejando de Jerusalén, se apartan de la comunidad. Su fe está en profunda crisis. Caminan tristes y desolados. En su corazón se ha apagado la esperanza que habían puesto en Jesús, cuando lo han visto morir en la cruz.

Sin embargo,  no se ha borrado de su mente lo grandioso de la experiencia vivida a lado de Jesús. Continúan pensando en Él. No lo pueden olvidar. ¿Habrá sido todo una ilusión?

Mientras conversan y discuten de todo lo vivido, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Sin embargo, como había sucedido a otros después de la resurrección, los discípulos no lo reconocen. Aquel Jesús en el que tanto habían confiado y al que habían amado tal vez con pasión, les parece ahora un caminante desconocido.

Jesús se interesa por ellos y se une a su conversación. Los caminantes lo escuchan, primero sorprendidos, pero poco a poco algo se va despertando en su corazón. No saben exactamente qué es. Más tarde dirán: “¿Acaso no estaba ardiendo nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”

ESTÁ CON NOSOTROS

Los caminantes son seres del todo conscientes, se sienten atraídos por las palabras de Jesús. No quieren dejarlo marchar: “Quédate con nosotros”. Durante la cena, se les abrirán los ojos y lo reconocerán.

Cuando acogemos a Jesús como compañero de camino, sus palabras despiertan en nosotros la esperanza perdida. La tristeza y la crisis de fe no permiten que reconozcamos a Jesús, que camina a lado nuestro.

En esas circunstancias nos vienen recuerdos fugaces de lo aprendido en la catequesis y de la vida religiosa vivida en familia, pero todo de manera parcial y fragmentaria.

La liturgia de hoy nos invita a escuchar la Palabra y confrontarla con nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas.

En la segunda lectura, San Pedro nos asegura que por la Resurrección de Cristo, nuestra fe en Dios y nuestra esperanza se consolidan. Sigamos, pues, diciendo:

¡Señor, escucha nuestra oración!