Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Sábado Santo del 2020

“…el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús” (Jn 19, 42 b).

Jesús verdaderamente murió; le pusieron un sudario, lo envolvieron en una sábana y lo depositaron en un sepulcro nuevo, que pertenecía a José de Arimatea, según testifica el evangelio de San Juan, 19, 38-42. Así se consuma la obra de los que amaron más las tinieblas a la luz; había venido a los suyos y los suyos no lo recibieron (Jn 1,11). La conspiración, la hipocresía, la mentira y la cobardía unieron esfuerzos para silenciar a aquel que era la Verdad y la Luz del mundo. Sepulcro que habla del hombre como sepulturero de Dios, de Dios cuya ausencia se padece al igual que su silencio. Pero no solamente el Cristo histórico ha muerto; Cristo sigue padeciendo y muriendo en los diversos hermanos de diversas épocas. A veces en las guerras de quienes buscan el poder a toda costa. Ahí están los campos de concentración nazi, como Auschwitz, los inocentes de Vietnam, los asesinados por los islámicos terroristas, las víctimas del narcotráfico o del crimen organizado, incapaces de edificar un mundo más humano; más bien  destructores y sepultureros del hombre, imagen y semejanza de Dios. Henry de Lubac en su obra el “Drama del Humanismo Ateo”, Ed Encuentro 1990, relaciona la muerte de Dios de Nietzsche con la muerte de Cristo. Dios no puede vivir más que en la conciencia de los hombres. Pero es un huésped indeseable, es un pensamiento que tuerce todo lo derecho. Esta expresión la habría tomado del coral de Lutero “Dios mismo ha muerto”. Dios ha muerto y el hombre es el asesino y el sepulturero de Dios. Así ha acontecido en el drama de la cultura contemporánea, tecnócrata, cientificista, en la unidireccionalidad de avidez de emociones, ayuna de racionalidad y de la experiencia vital de Dios. Sábado santo que nos invita a pensar y sentir la “ausencia de Dios”, en la vida de las naciones, de nuestras aulas universitarias, de políticas autocrátas de un solo hombre. Ausencia de Dios en las familias, donde se percibe el hombre contra la mujer o los hijos contra los padres. Ausencia de Dios en la falta de justicia donde impera la impunidad contra los inocentes, otros cristos que sufren. Ausencia de Dios en esta pandemia pavorosa que nos hace a muchos víctimas. El silencio de Dios, que es insoportable. Necesitamos oír su voz que nos llene de consuelo y de esperanza, en el lecho del dolor y de la muerte. Sábado Santo del 2020, nuestro sábado que puede ser santo si con Jesús sufrimos y si con él morimos, en la espera de superar los días inaguantables,  aguardando la aurora de la feliz resurrección.