¿Qué tal si se lee en familia una pequeñísima historia, y al final se comenta lo que se ha aprendido?

Un ciego y un cojo

Un día, en un bosque muy visitado, se desató un incendio. Todos huyeron, excepto un ciego y un cojo. Asustado, el hombre ciego se dirigía hacia las llamas. El cojo le gritó: «¡No vayas allá, te quemarás!». El ciego le preguntó: «¿Hacia dónde entonces?», y el cojo contestó: «Yo puedo indicarte el camino, pero no puedo caminar. Si tú me tomas sobre tus hombros, podríamos huir de aquí y salvarnos los dos»..

El ciego siguió el consejo del cojo, y así ambos se salvaron.

 Un apretón de manos

Una señora, que siempre daba una limosna a un mendigo a la puerta del templo, se llevó aquel día la mano a la cartera y cayó en la cuenta de que había dejado en casa su monedero. El mendigo mantenía su mano extendida, y ella le dijo: «Hoy no tengo nada que darle a usted, pero al menos puedo estrecharle la mano». Y así lo hizo, con mucho amor. Y él respondió: «Hoy usted me ha dado más que todos los otros días».

 ¿Por qué no me lo dijiste?

El esposo era un hombre robusto, de voz fuerte y modales ásperos. La esposa era una dulce y delicada. Él se encargaba de que a su familia no le faltara nada, y ella cuidaba de la casa y educaba a los hijos. Los hijos crecieron, se casaron y se fueron. La esposa perdió su sonrisa, cada día comía menos, y después ya no se levantó de la cama. El marido, preocupado, la llevó a un hospital, y los médicos le dijeron: «Su esposa no tiene ya ganas de vivir. Es por eso que ningún remedio le puede servir».

El hombre se sentó al lado de la cama de su mujer, la tomó de la mano y le dijo decididamente: «Tú no morirás». Ella, con débil voz, le preguntó: «¿Por qué?», y él respondió: «Porque yo te amo y no puedo vivir sin ti». Entonces, la esposa, sonriendo, le contestó: «¿Por qué no me lo dijiste antes?». Y desde entonces comenzó a sanar hasta recuperarse por completo.

 El juguete que faltaba

Un matrimonio entró en una juguetería y pidió al dueño que les recomendara un juguete: «Tenemos una niña muy pequeña, pero estamos fuera de casa todo el día y a menudo también de noche», dijo la mamá. Y el papá añadió: «Es una niña que sonríe poco. Queremos comprarle algo que la haga feliz cuando nosotros no estamos, algo que le dé alegría cuando está sola».

«Lo lamento —contestó amablemente el propietario—, pero nosotros no vendemos padres».

 Componer el mundo

Con sus dos hijos muy inquietos en casa, encerrados a causa del coronavirus, un matrimonio ya no sabía cómo entretenerlos. Entonces mamá y papá tomaron de una revista un complicado mapa que representaba el mundo entero, y con las tijeras lo cortaron en pedazos y lo dieron a sus niños, desafiándolos a recomponerlo todo como era. Pensaban que eso los ocuparía por horas, pero en media hora los niños, muy contentos, mostraron a sus papás el rompecabezas armado.

«¿Cómo hicieron para terminar tan rápido?», preguntó el papá asombrado. Le contestaron: «Fue muy fácil: en la parte atrás había una figura de hombre. Nosotros recompusimos la figura del hombre y, del otro lado, el mundo entero se arregló sin problemas».

 La estatua de muy arriba

Un escultor estaba cincelando con mucho cuidado y dedicación una estatua que iba a colocarse en lo más alto de la torre de un templo. Un hombre le preguntó: «¿Para qué elaborar con tanto detalle una estatua cuya belleza nadie podrá apreciar a esa altura?». Y el escultor le respondió con una sonrisa: «La verán los ojos de Dios».

 No pudo hablar de Dios

Una enfermera católica veía como morían algunos pacientes por el coronavirus, pero no le permitían que les hablara de Dios para prepararlos a su encuentro con Él.

Un paciente, que había sido atendido con infinita ternura por esta enfermera, finalmente se recuperó y fue dado de alta. Cuando el convaleciente ya se iba, vio que ella tenía una pequeña cruz colgada de su cuello. Entonces le dijo: «Usted no me habló del amor de Dios en todo este tiempo, pero hizo mucho más: me lo hizo ver».

TEMA DE LA SEMANA: LA FAMILIA, EL MEJOR RECURSO CONTRA LA ADVERSIDAD

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 29 de marzo de 2020 No.1290