Si bien la solidaridad cristiana existe desde la aparición del mismo cristianismo, la palabra solidaridad era tan escasamente utilizada antes de Juan Pablo II que quien se topaba con ella por vez primera solía tener problemas para pronunciarla. Sin embargo, el gran Papa polaco se encargó de hacer entender a los fieles su significado, de ponerla en sus mentes y de motivarlos a practicarla; tanto así, que solidaridad se convirtió en uno de los términos característicos de su pontificado.

Del latín solidus, que significa “sólido”, “firme” o “compacto”, la solidaridad es la adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos, especialmente en situaciones comprometidas o difíciles.

Expresiones como “Fulano me debe muchos favores” se escuchan con demasiada frecuencia en la sociedad mundana. Quienes así hablan consideran que los actos de caridad o de justicia que realizan para apoyar a otros tienen valor mercantil. Esos actos no son verdaderos favores, no son solidarios, pues para ello es necesario que se realicen verdaderamente de forma desinteresada, sin esperar nada a cambio. Por supuesto que puede haber correspondencia, pero el que ejerce solidaridad no lo hace con esa intención.

La solidaridad humana permite resistir las adversidades que se presentan a lo largo de la vida. Pudiendo hacerlo, la persona solidaria no duda en colaborar y apoyar a individuos que se encuentran en situaciones desfavorables, a diferencia de las personas indiferentes y egoístas.

Los desastres generados en México y en el mundo por grandes terremotos, huracanes u otros desastres naturales, han despertado en personas comunes numerosos actos de solidaridad. Y esta vez, con la pandemia y sus consecuencias, no está siendo la excepción.

“Nuestra tarea es hacer de la solidaridad una realidad. Debemos crear un movimiento mundial que entienda la solidaridad como un deber natural de todas y cada una de las personas, las comunidades y las naciones. La solidaridad debe ser un pilar natural y esencial de todos los grupos políticos, no una posesión privada de la derecha o la izquierda, ni del Norte o el Sur, sino un imperativo ético”.

(Juan Pablo II en Centesimus annus)

“A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas… Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios… Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo”.

(Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis)

TEMA DE LA SEMANA: ABRIR EL CORAZÓN AL OTRO

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 3 de mayo de 2020. No. 1295