Por Tomás de Híjar Ornelas

“Tener derecho a hacer algo no es lo mismo que estar en lo correcto al hacerlo” G. K. Chesterton

El Mensaje al Pueblo de México –cuyo nombre adopta esta columna–, lo firmó e hizo público la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) este 29 de junio del 2020, en el marco de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

Lo firma el pleno del Consejo de la Presidencia de la CEM, con el arzobispo de Monterrey, don Rogelio Cabrera, a la cabeza y consta de poco más de cuatro páginas y 28 párrafos divididos en seis apartados que comienzan todos con la palabra ‘Abrazamos’, a estos destinatarios: a nuestros hermanos enfermos y vulnerables, a nuestros hermanos pobres y desamparados, a nuestros hermanos que sufren a causa de la violencia; una profunda cultura democrática y la auténtica promoción del bien común, a la comunidad educativa y a todo el Pueblo de Dios.

Es un documento claro y propositivo, doliente y esperanzador, que analizaremos en dos colaboraciones.

En ésta, la primera de dos partes, subrayemos, a modo de divisa, la intención del comunicado: invitarnos a todos a la unidad como remedio a los efectos perniciosos de la pandemia ocasionada al mundo por el covid-19, y, para conseguirla, estas sugerencias:

A las autoridades civiles, proporcionar “información sólida y transparente sobre la extensión del contagio y su evolución, así como del número de muertes que causa”, con el propósito de asegurar tanto el derecho a la información como certidumbre al pueblo.

A la fragilidad del sistema de salud, apuntalar “el papel insustituible de la familia y su capacidad extraordinaria para proporcionar cuidados a los enfermos y a los más vulnerables”.

A la crisis económica presente y por venir, “economía solidaria y del consumo local”, de modo que no se dejen “morir las fuentes de empleo” y se implementen soluciones e incentivos a favor del sector productivo de parte del gobierno, garantía a las fuentes de empleo y promoción del “espíritu emprendedor”, y respaldo inmediato a los que tienen muy poco o nada.

Con una dosis de ironía, los obispos recuerdan que en este marco “la violencia es la única que no está en cuarentena”, antes bien, engorda “su estela de muerte e inhumanidad”, pues sólo en el primer semestre del año van ya 14 mil asesinados.

Increpa al Estado para que dé seguridad para los ciudadanos y castigo “a los culpables de la violencia y del crimen organizado, sin hacer excepciones en la aplicación del Estado de Derecho”, toda vez que la corrupción y la impunidad siguen siendo los rieles por los que se desliza esta locomotora de la muerte; pero también sugiere un remedio a tantas dolencias: “la reconciliación, promovida desde la familia” y la empatía y compasión “especialmente con los más pobres y vulnerables, con los que están perdiendo todo, con quienes sufren la enfermedad o la muerte de un familiar”. Un tiempo, pues, para dar menos que para recibir.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 12 de julio de 2020. No. 1305