Por Rebeca Reynaud

Es necesario que crezcamos espiritualmente para que no venga la inmoralidad. La oración no consiste sólo en pedir cosas, sino en encontrarnos con Cristo para saber qué quiere de mí. Dios no es un genio a mis órdenes. Podemos decirle: “Señor, dame las condiciones necesarias para cumplir tu querer”. Hay quien se enoja porque Dios no le concede lo que quiere. Dios respeta la libertad mal usada, y esa conducta puede traer consecuencias funestas.

Para sanar la tristeza individualista necesitamos el alimento de la Palabra y de la Eucaristía. ¿Cuántas veces a la semana abres la Biblia? Una religión buscada a la medida de cada uno no ayuda. Es cómoda, pero en el momento de la crisis nos abandona a nuestra suerte.

El plan de vida ayuda a no perder de vista lo esencial: la amistad con el Señor. Algunas normas de piedad que sugerimos son: el ofrecimiento de obras a Dios al comenzar el día, 5 minutos de oración mental, rezo de un misterio del Rosario, leer un pasaje de la Biblia, tres Avemarías antes de dormir y examen de conciencia.

Una anécdota de la vida real

Un joven universitario se sienta en el tren frente a un señor de edad, que devotamente pasaba las cuentas del rosario. El muchacho, con la arrogancia de los pocos años y la pedantería de la ignorancia, le dice: “Parece mentira que todavía cree usted en esas antiguallas…”. “Así es. ¿Tú no?”, le respondió el anciano.

“¡Yo! –dice el estudiante lanzando una estrepitosa carcajada– Créame: tire ese rosario por la ventanilla y aprenda lo que dice la ciencia”. “¿La ciencia? –pregunta el anciano con sorpresa–. No lo entiendo así. ¿Tal vez tú podrías explicármelo?”.

“Deme su dirección –replica el muchacho, haciéndose el importante y en tono protector–, que le puedo mandar algunos libros que le podrán ilustrar”. El anciano saca de su cartera una tarjeta de visita y se la alarga al estudiante, que lee asombrado: “Louis Pasteur. Instituto de Investigaciones Científicas de París”. El pobre estudiante se sonroja y no sabe dónde meterse. Se había ofrecido a instruir en la ciencia al que, descubriendo la vacuna antirrábica, había prestado, precisamente con su ciencia, uno de los mayores servicios a la humanidad.

Pasteur, el gran sabio que tanto bien hizo a los hombres, no ocultó nunca su fe ni su devoción a la Virgen. Y es que tenía, como sabio, una gran personalidad y se consideraba consciente y responsable de sus convicciones religiosas. (Interrogantes.net)

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 12 de julio de 2020. No. 1305