No es la falta de tiempo, somos nosotros mismos.

Por Mónica Muñoz Jiménez

Con la pandemia nos hemos visto obligados a bajar el ritmo de vida y mantenernos en resguardo en nuestra casa, concretando nuestras salidas para actividades indispensables como comprar comida y, en algunos casos, acudir a trabajar.

Por otra parte, nos hemos visto forzados también a adentrarnos en el uso del internet para mantenernos en comunicación, muchos afortunados para continuar con su trabajo en casa, los estudiantes de todos los niveles para concluir el ciclo escolar.

A pesar de este fenómeno, creo que aún no hemos superado una actitud a la cual está encadenada una gran parte de la humanidad: la procrastinación, como se dice actualmente, o, para que nos quede más claro el término, dejar todo para después.

Tenemos más tiempo libre, ciertamente; sin embargo, muchos de los buenos propósitos que nos habíamos fijado a principios de año se han postergado indefinidamente, por enésima vez. Creíamos que era por falta de tiempo que no podíamos cumplir con lo prometido, pero, ahora que lo tenemos, nos hemos desengañado nosotros mismos.

¿Por qué nos cuesta tanto trabajo vencernos y actuar para combatir nuestros vicios, o, peor aún, para cumplir nuestros sueños y objetivos?

Creo que puede ser porque no estamos acostumbrados a fijarnos metas. Imaginamos que la vida nos premiará con lo que merecemos, sin esfuerzo alguno; que, quizá por intervención divina, cambiarán las cosas y que obtendremos todo lo que anhelamos con sólo desearlo.

Y estamos tan convencidos de ello que preferimos dejar de pensar en lo que nos puede sacar de nuestra zona de confort y volver a soñar despiertos, aunque, muy en el fondo, sabemos que la única manera de obtener lo que queremos será con mucho esfuerzo y tenacidad.

Así pues, tristemente, el que espera que la ayuda le venga sola, se llevará una gran decepción.

De la misma manera, si dejamos para después hasta lo más importante, pronto se nos irá la vida, y cuando volteemos para echar un vistazo hacia atrás, lo único que podremos ver será una vida desperdiciada, relaciones olvidadas y compromisos echados a la basura por desidia.

No permitamos que esto suceda, fijémonos metas, organicemos nuestro tiempo, cumplamos nuestros compromisos, cultivemos nuestras relaciones interpersonales y pongamos a trabajar los dones que poseemos para mejorar nuestra vida. Recordemos que todo lo que hagamos o dejemos de hacer marcará nuestro camino y dejará huella en todos los que conviven con nosotros, sobre todo los más pequeños para quienes somos ejemplo a seguir.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 12 de julio de 2020. No. 1305