Por Mario De Gasperín Gasperín

Todo lo que existe tiene nombre y, si no lo tiene, se le impone uno. Nosotros recibimos un nombre que nos acompañará de por vida, que nos da identidad frente al otro, con nombre también; así surge el diálogo, la fraternidad, la comunidad. Para el pueblo hebreo, el nombre incluía el destino, la misión y el futuro de la persona. En la Biblia no hay nombres vacíos. Cuando Dios se presentó ante Moisés en la zarza ardiente como el “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, no le bastó; le pidió su Nombre propio, para asegurar su protección. La respuesta misteriosa fue: “Yo soy el que soy”.

Moisés dirá al pueblo: ”El que Es” me envió a ustedes y quiere, por fidelidad a su promesa, ser el libertador de su pueblo esclavizado. Más tarde, al irlo acompañando por el desierto, se irá revelando como el Dios clemente y misericordioso, justo, verdadero y fiel. Dios accede a revelar su Nombre a Moisés, sin sujetarse a nadie más que a su amor y a su fidelidad. El Dios de Israel tiene un Nombre insondable, impronunciable, soberano.

Los israelitas sólo le llaman: El Nombre. Nosotros, gracias a Jesucristo, conocemos su Nombre: “Padre, Yo les he manifestado tu Nombre”, dijo Jesús ante sus discípulos; y san Pablo lo explicitará al llamarlo: “Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo”.

Cuando Jesús nos enseñó la oración del Padre nuestro, al final incluyó la súplica que “nos libre del mal”. Del mal como efecto, o “del Maligno”, como su causa. Ambas lecturas son legítimas: de los males que padecemos, o del Maligno como su origen. En oposición al Padre del Cielo existe un Poder maligno que nos induce al mal aquí en la Tierra.

La invocación al Padre excita la violencia del Maligno, como lo hizo con Jesús, pero el Padre puede librarnos también.

Sobre su identificación como fuerza colectiva –ideología, moda, mentalidad– y su epígono histórico, es decir, el personaje que lo representa hoy: gobernante, líder, dictador, a cada tiempo eclesial corresponde discernir: El que tenga inteligencia que calcule…, dice el Vidente (Ap 13, 18).

La comunidad debe interpretar los símbolos y discernir los signos de los tiempos para asumir su responsabilidad ante los acontecimientos que vive.

Nos referimos, pues, a esa Bestia apocalíptica, opositora a Dios, poderosa, que llamamos Anticristo. Lo apodamos así, pero no tiene nombre, sólo tiene número: 666. Su marca, su identidad no es nombre, sino número. En la interpretación bíblica el número, más que cantidad, expresa cualidad. Aquí significa la imperfección total:

Después de tres intentos de alcanzar la perfección divina, termina en fracaso. La triple repetición del número 6 indica la oposición obstinada a Dios y sus blasfemias. Los justos, en cambio, disponen del tiempo de Dios, del séptimo día, el día del descanso perfecto de Dios, 777, que será también el nuestro, pues conoce nuestro nombre inscrito en el Libro de la Vida. El destino de los rebeldes será el número de la Bestia, tatuado en su frente.

Quien minimice el alcance de ser marcado con un número en su piel en reemplazo de su nombre, que recuerde los campos de concentración y exterminio del régimen nazi, reflexionaba el cardenal J. Ratzinger (1976). El Anticristo no sabe de nombres, sólo de números. Convierte a la persona en un número. Alterar los nombres y transformarlos en números es el método de control y dominio del Anticristo. Diluir a las personas en números y a los individuos en cifras es marca registrada por todos los tiranos. O de los que se les asemejan. Los que se hacen llamar el Número Uno. Si miramos nuestro entorno llamado cultura tecnológica, comprobamos que todos somos identificados por un número: al nacer, en el fisco, en la credencial, en los bancos, en las fábricas… Las estadísticas nos dan cada día el número de muertos, accidentados, homicidios, feminicidios, desplazados, indocumentados… La máquina cuenta, no nombra, porque importa la técnica, no las personas, hasta que desaparecemos anónimos, sin rezos ni caricias, en el hospital. ¿Quién impide ahora, que bajo el imperio de la técnica y sus protocolos, nuestro mundo recobre, actualizados, los campos de confinamiento y de exterminio? ¿No estamos ya numerados y confinados hasta en nuestro propio hogar? La pandemia puede servirnos de advertencia. Importa ahora más el éxito de la técnica espacial o militar que los muertos a causa del Covid-19, o que la multitud exigiendo en plena calle a la autoridad el reconocimiento de su común dignidad. Si bajamos al detalle, no sólo nos han borrado el nombre, sino desaparecido el rostro. Ya no tenemos rostro para sonreír, sino máscara para advertir. ¿Cómo reconocerá el niño a su madre, si no tiene ya sonrisa para recibirlo sino gesto tras la mascarilla desinfectada?

¿Nacer sin sonrisas y morir sin lágrimas será nuestro futuro? Por supuesto que no. Hay esperanza: El nombre que recibió usted en el Bautismo -en especial el de “cristiano”- y que registró su párroco en el libro de bautizos, si no lo ha cancelado usted renegando de su fe, lo encontrará, quizá con algunos borrones, escrito, no con tinta sino con la sangre de Cristo, en el Libro de la Vida.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 12 de julio de 2020. No. 1305