Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

En una revista extranjera me encontré con esta pregunta de un feligrés a su sacerdote cuando, al iniciar el rezo de una novena, se encontró con esta advertencia: “Para obtener la gracia pedida, la novena no debe interrumpirse”; y se preguntaba: Si fallo, ¿debo entonces empezar de nuevo? ¿Qué pasa con los rezos ya hechos, valieron o no? Recordemos que ese mismo requisito estaba en vigor cuando hacíamos el propósito de comulgar durante los “nueve primeros viernes”, para obtener la gracia divina prometida. Y se hablaba de “perder” los nueve viernes. ¿Es esto verdad, o podremos renegociarlo con Dios?

Esta expresión es fea, pero nos da pie para ver lo extraviados que andamos. Quien piensa así se pone en el nivel más lejano de nuestro Dios, y de lo que significa ser cristiano. El significado del lenguaje que manejamos los católicos es el del amor, no el del mercado. Dios es amor, y quien quiere comprar el amor es un ser despreciable, enseña la Escritura. Judas, ante la mujer del perfume, se puso a hacer las cuentas; ella, al quebrar el frasco derramó su amor. Y perfumó la casa y el cuerpo de Jesús. Por amor Dios nos creó, por amor nos redimió y por amor nos salvará. Las imágenes que usa la Biblia para comunicarnos esta verdad, son la de un padre con su hijo, la de un esposo con su esposa, la de un amigo con su amigo. Paternidad, filiación, nupcialidad, amistad son relaciones de intimidad personal, no de mezquindad comercial.

Pero aquí hay algo grave que anotar: Que no somos iguales. Sí; que no somos iguales con Dios. El corazón de Dios es infinito y fiel, el nuestro pobre, frágil y traicionero. Entonces nosotros, para mostrar de alguna manera que nuestro corazón: nuestra intención, voluntad, deseo y amor es firme y sincero, la iglesia, o nosotros mismos, nos fijamos ciertos requisitos a cumplir: tres avemarías, nueve días de oración, cuarenta de ayuno, determinada hora para orar o tantas obras buenas que realizar, y los reforzamos con votos, promesas, mandas o novenas en señal de que es sincero nuestro deseo de estar en comunión con Dios. Son un reconocimiento y ayuda para nuestra fragilidad, no condicionamientos para Dios. Dios ya sabe lo que necesitamos y conviene.

Sin embargo, no olvidemos que en el jardín de Dios se esconde la serpiente y aquí se llama magia, superstición y fanatismo, mundo infecto que envenena el corazón. A fuerza de rituales, condicionamientos y amenazas se pretende obligar a Dios a actuar en nuestro favor. Es usar la religión: a Dios, a la Virgen o a los Santos para sacar provecho personal: económico, político o social. El demonio se disfraza de colores llamativos, pero trabaja en lo oscurito como la serpiente. Pone la atención en lo exterior y no en el corazón, conducta que Dios rechazó siempre en su pueblo de Israel: “Este pueblo me honra sólo con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Peligro al que estamos expuestos todos los días.

La Iglesia no reprueba este lenguaje, pero señala sus deficiencias: “Es necesario purificar continuamente nuestro lenguaje de todo lo que tiene de fantasioso e imperfecto, sabiendo que nunca podrá expresar plenamente el misterio de Dios”, dice el catecismo (5). Como Jesús, la Iglesia prefiere las personas a las cantidades. La fe cristiana se nutre de la Palabra de Dios, de la santa Eucaristía y de la docilidad al Espíritu santo presente en la iglesia. La liturgia nos brinda este aprendizaje. No se aprende a distancia, sino participando.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 30 de agosto de 2020. No. 1312