Por Diana Rosenda García Bayardo

La pandemia no sólo ha traído al mundo cerca de un millón de muertes y casi 30 millones de contagiados: además, ha provocado desempleo y la caída de la economía. Quizá lo más grave de todo es que ha significado la casi desaparición de la vida sacramental, por lo tanto, de la vida de la Gracia.

No es posible conformarse con posponer las cuestiones religiosas para dentro de uno o dos años, cuando la enfermedad viral finalmente sea derrotada. Si la fe no es suscitada, alimentada, entonces se enfría, se achica, desaparece. Y “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Marcos 8, 36 ).

Así que, si es bueno proteger el cuerpo de la enfermedad, es mucho más importante salvar el alma. Y como nadie puede saber qué le pasará en uno o dos años, entonces no hay que perder el tiempo. “Trabajen por su salvación con temor y temblor” (Filipenses 2, 12).

EVANGELIZAR EN ESTAS CIRCUNSTANCIAS

Jesucristo ordenó estas cuatro tareas para todos los miembros de su Iglesia: “vayan, hagan discípulos, bauticen y enseñen” (cfr. Mateo 28, 19-20). Pero pareciera una tarea casi imposible ahora que los fieles laicos se encuentran prácticamente solos, ya sin el sostén de su comunidad parroquial. ¿Cómo fortalecer su propia fe, y cómo transmitirla a sus hijos y a las siguientes generaciones en estas circunstancias?

En 1867 el Papa Pío IX escribió cómo en Japón, a pesar de la persecución anticristiana del siglo XVII, la transmisión de la fe católica continuó de generación en generación entre los cristianos sobrevivientes, privados de sacerdotes y totalmente aislados del mundo, gracias a una tradición oral hecha de pocas verdades decisivas, que concernían a los sacramentos y, en primer lugar, a la Confesión. Ante la ausencia de un confesor, hacían actos repetidos de perfecta contrición, pero también con la visión profética de que un día éste llegaría.

Pero el caso de Corea es más sorprendente, ¡único en la historia de la Iglesia!, pues en la primera evangelización no participó ni un solo sacerdote o religioso, sino que un grupo de jóvenes coreanos conoció el catolicismo mientras estudiaba literatura occidental. Su estudio, que al principio fue curiosidad, se tornó en fe con la Gracia de Dios.

Después de haber comprendido la importancia del Bautismo, enviaron en 1784 a uno de ellos a Pekín para que fuera bautizado. Él volvió a Corea y bautizó a sus colegas; y todos esos laicos a su vez evangelizaron y bautizaron a otros, y esos a otros, etc.

Cuando el primer sacerdote misionero llegó a Corea, en 1794, procedente de China, se encontró con que ya había 4 mil bautizados, que no renunciaron a su fe sino que siguieron extendiéndola a pesar de que padecieron un siglo de cruel persecución religiosa por parte del gobierno.

Igualmente hay que recordar que la Iglesia primitiva, que vivió cuatro siglos de gran persecución, también siguió creciendo gracias a la transmisión de la fe entre los hermanos, de padres a hijos, de los hijos a los padres, del siervo a su señor y, a la inversa, del amigo al amigo.

Esto mismo ha de aplicarse en las actuales circunstancias, empezando en el propio hogar. Y si bien algunos podrán no sentirse demasiado preparados para evangelizar a su familia o conocidos, bien señala Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris missio que “la fe se fortalece dándola”.

TEMA DE LA SEMANA: TRANSMITIR LA FE A LAS NUEVAS GENERACIONES: SÍ, PERO ¿CÓMO NO MORIR EN EL INTENTO?”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 20 de septiembre de 2020. No. 1315