Por Angelo De Simone

El COVID-19 es una realidad que ha modificado significativamente nuestro modo de relacionarnos, vivir y existir. Unos meses atrás no hubiésemos imaginado las consecuencias letales y las medidas extremas que nos ha hecho tomar este virus.

Son muchos los que sufren los síntomas agobiantes que genera esta nueva enfermedad y diversas las circunstancias que les ha tocado vivir. Reflexionando sobre esta situación, han surgido en mi mente un sinfín de cuestionamientos que desembocaron una noche en una sola pregunta: “¿Cuál es el papel de Dios en todo esto?” Estoy seguro que es una interrogante que de cualquier modo que se aborde pueda causar cierta inquietud por parte del lector ya que cuestiona las fibras más profundas de nuestra existencia.

De un tiempo para acá soy un fiel creyente de la idea de que Dios sonríe cuando hago lo que me toca hacer. ¿Se imaginan cómo debe ser la sonrisa de Dios? Algo muy parecido a un padre orgulloso del logro de su hijo que, con esa mirada de ternura penetra cada fibra y abraza sin necesidad de contacto. Bajo este argumento, Dios estaría sonriendo constantemente con el médico atento, el arquitecto educado, el ama de casa responsable, el religioso disponible, el docente paciente… Que feliz debe sentirse Dios en el saber que esa obra que moldeó con paciencia, con cariño, disfrutando el proceso, ha llegado a un buen resultado.

¿Pensamos poco en esto no? Pero es una realidad de la cual debes convencerte para entender todo el panorama: Dios te creó a ti también así, con ternura y anhelo de ver la gran persona que llegarías a ser siguiendo sus pasos.

No obstante, en esta historia de Dios con el mundo, por su amor incondicional, apela a nuestra libertad. Lamentablemente, algunos eligen crear no con la misma ternura de Dios sino para promover guerras físicas y espirituales, divisiones, dolores y angustias. Es allí donde entra la figura del mal, arrebatando todo tipo de esperanza, provocando ansiedad y generando desconfianza del mundo para con aquel que nos amó primero y que nos moldeó a su imagen y semejanza. Creo que todos hemos caído alguna vez en esa trampa: enjuiciar a Dios por las obras del hombre.

En medio de una pandemia letal, donde hemos visto que un virus hace tanto daño y causa tanto estrago puede surgir la pregunta: ¿Dónde está Dios? ¿Cuál es su papel en todo esto? En estos días he escuchado muchas historias y testimonios de pacientes contagiados por COVID – 19 y la frase que más he escuchado ha sido “Dios ha sido grande conmigo” ¿paradójico no? Si hay sufrimiento y dolor, racionalmente no habría lugar para Dios. Pero Él no se deja medir por lo racional. Dios se manifiesta en la caricia tierna de la enfermera que consuela al paciente que siente una presión en el pecho y no puede respirar, en el médico que dice “ten paciencia que vas mejorando”, en el mensaje de whatsapp que acompañado de un corazón te anima a salir adelante, en las videollamadas de despedidas de familiares que se dieron cuenta que el tiempo en familia vale oro, en la soledad de un hombre aislado en su cuarto preocupado de haber contagiado a su familia… Allí esta Dios.

El problema no radica en la presencia o no de Dios, sino en lo dispuesto que estoy a reconocerle en medio de mi vida. Podría parar un momento mi lectura para preguntarme en lo más profundo de mi corazón, ¿he estado tan distraído en lo secundario que le he pasado de lado a Dios y no lo he reconocido?

El tiempo de pandemia es un tiempo de cambio y reflexión, el cual debemos aprovechar al máximo, valorando lo verdaderamente importante: el amor. Dios está hoy más que nunca presente en nuestro entorno pidiendo que no perdamos más el tiempo en superficialidades, rencores y heridas pasadas, sino que empecemos a sentir y gustar las cosas buenas y verdaderamente importantes de la vida: respirar, amar, compartir, abrazar, orar…

La historia de amor de Dios en tiempos de Pandemia es una prolongación de la historia de amor que ha tenido para con el mundo a lo largo de los siglos y que ha tenido siempre para contigo en el transcurso de tu vida. Está en la humanidad y en tu corazón el querer escribir junto a él un sinfín de historias de reconciliación y esperanza para un mundo que necesita de tu experiencia. Esta historia necesita de dos manos, ¿quieres prestar la tuya para reescribir la historia del mundo en clave de Dios?

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 13 de septiembre de 2020. No. 1314