Las mentiras abundan en redes sociales y medios digitales, por lo tanto, a los cristianos nos toca ser actores de la verdad

Por Mary Velázquez Dorantes

La palabra acción significa que estamos haciendo algo con nuestro pensamiento, con nuestra palabra o con nuestra obra. Entonces, ¿Por qué continuamos estáticos ante las falsedades que se reproducen y se colocan dentro de las llamadas nuevas ideologías? ¿Por qué estamos tan confiados de aquello que resuena en los medios de comunicación y se viraliza dentro y fuera de las redes sociales? ¿Acaso no hemos sido llamados a ser testigos activos de la verdad?

En pleno siglo XXI estamos siendo víctimas de las falsas noticas, de las ideologías progresistas, de la desinformación. Pareciera que abrazamos los nuevos moldes que mueven a la opinión pública y que nuestras creencias personales dejaron de serlo para convertirse en creencias colectivas.

Algunos llaman a estas acciones como la democratización del pensamiento y de las ideologías, pero en realidad, hay una barrera para todo aquello que suena absurdo e ilógico, y una censura cuando se debate o lo pone frente al cristal para analizarlo. Hoy más que nunca estamos siendo consumidores de la mentira, de la difusión falsa, de las emociones dominantes, y de las divulgaciones de las “nuevas creencias”.

EN BÚSQUEDA DE LA VERDAD

En medio de un mundo de datos está el ciudadano desinformado, tanto en los contenidos digitales como en los contenidos tradicionales. La creciente demanda por aquello que nos entretiene y ocupa nuestras horas de ocio está haciendo eco, ¿por qué? Porque parodian a la familia, al matrimonio, a la vida; provocan a través de los contenidos ideológicos, buscan partidismo de los contenidos atractivos y ejercen el ejercicio más antiguo de la historia: la propaganda de las creencias.

Entonces no estamos siendo actores de la verdad, sino consumidores de los nuevos contenidos.

Algunos se respaldan bajo el contexto de la mentira o de la creatividad social, sin embargo la mentira se ha convertido en la herramienta de mayor influencia de nuestra era, y no estamos haciendo nada.

Nuestras propias redes sociales son una red de creencias y emociones, son un embudo de mentiras vertidas para hacernos llegar contenidos determinados por nuestro historial de búsqueda e interacciones, y en realidad no estamos siendo actores de la búsqueda de la verdad, sino simplemente audiencias incluidas por la maravilla del mundo tecnológico.

DISCERNIR SOBRE LO VERDADERO

Cada minuto somos bombardeados por datos e información abrumadora. No distinguimos con claridad entre los rumores colectivos, las fuentes ocultas o la propia desinformación propagandística. Abrazamos apasionadamente las nuevas ideas, nos sumamos a los movimientos sociales, nos convertimos en protagonistas de una nueva realidad, sin cuestionar, sin dominar los temas o simplemente sin dar pausa a lo que está sucediendo.

De acuerdo con los datos de consumo el 70% de los habitantes que acceden a la información vía internet no distinguen entre una noticia verdadera o un rumor periodístico. Somos simplemente receptores y no actores, nos están construyendo para dejar de formar nuestra propia opinión ante cualquier contenido. El tren de las nuevas generaciones también lleva como pasajero la enorme influencia de los cambios sociales, producidos muchas veces por la desinformación del contexto.

CONTRA EL ALGORITMO

Por cada persona conectada a una red social o a un motor de búsqueda existe un tratamiento algorítmico, es decir, un filtro de lo que nos gusta consumir. Puede ser la moda, la política, el fútbol, la ideología de género, la ideología progresista, etcétera. Todos éstos contenidos están reunidos en un algoritmo que nos muestran cada vez que nos conectamos, y son también el mecanismo de distribución masivo de las noticias falsas, las mentiras ideológicas y la propaganda autoritaria.

Estamos conviviendo en un espacio de abundancia informativa, donde se juega con las posibilidades de “elección” que los usuarios hacen a los contenidos, mientras que algunas de las fórmulas más comunes para que los conectados se enganchen son el humor, el sexo y la violencia. Estamos frente a lo que se conoce como sofisticación de los medios para alcanzar determinados propósitos, y el usuario no está actuando sino que está entrando en una dinámica programada, que no está a favor de la verdad.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 25 de octubre de 2020. No. 1320