“Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es su megáfono para despertar a un mundosordo.” C. S. Lewis

Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Muy dura pero responsable ha sido la decisión conjunta de la Arquidiócesis de México y de la Conferencia del Episcopado Mexicano que en su comunicado del 25 de noviembre del 2020, a propósito de la ‘fiesta de la Santísima Virgen de Guadalupe’ hacen saber “a todo el Pueblo de Dios” y “a los hombres y mujeres de buena voluntad” que “la Insigne Nacional Basílica de Guadalupe, estará cerrada del 10 al 13 de diciembre” por razones sanitarias.

Pero como el Tepeyac sólo es el epicentro del hecho guadalupano, el comunicado exhorta a todas las Iglesias particulares del país “a celebrar prudente y localmente esta fiesta” y a no acudir de manera presencial a la Ciudad de México, a diferir su visita “y evitar acudir en grupos mayores de 10 personas”. Y enfatizan: que en las Basílicas, Santuarios y templos parroquiales dedicados a la Guadalupana sólo se acuda “con el aforo permitido por las autoridades sanitarias respectivas”, no menos que en el día de solemnidad (que no de precepto, por esta vez) del 12 de diciembre.

Y no a modo de consuelo, sino con el argumento sólido de la fe según el Evangelio, consideran: “Esta vez, será la Santísima Virgen María de Guadalupe la que saldrá a visitar todos los hogares del pueblo mexicano y latinoamericano” y proponen lo siguiente: “realizar un pequeño altar en casa, y ante una bella imagen de nuestra Señora, dedicarle … ruegos, oraciones, cirios y misas virtuales, para pedir su auxilio e intercesión, de manera particular por los enfermos, difuntos, y por el anhelado fin de esta pandemia, de tal manera que este año, hagamos de cada hogar una “Casita Sagrada” “un lugar donde nadie se siente extraño; un lugar de encuentro, convivencia y cercanía con los seres queridos; un lugar donde se comparten las experiencias de la vida”.

Su propósito es único: que esta festividad “no se convierta en un riesgo para nuestro bien y el de toda la sociedad”.

Hay gente de Iglesia que considera lo anterior como una prueba de pusilanimidad, máxime que el hecho guadalupano nace, crece y se desarrolla y madura en el marco de dos terribles pandemias, la del cocoliztli (salmonela), que entre 1519 y 1600 afectó tanto a los indios como a los que no lo eran en el Nuevo Mundo al tiempo del arribo de expedicionarios que la importaron acá, la cual cobró la vida, se calcula, de entre 15 y 30 millones de personas en ese dilatadísimo lapso de 80 años, y la del matlazáhuatl (peste bubónica), que en rachas periódicas (1575-1576, 1588, 1595-1596, 1641, 1667 y 1696), hizo lo propio.

Más allá del disenso en torno a la medida por parte de los que tienen sus motivos para no coincidir con la disposición episcopal, prevalece en ella la cordura y la sensatez ante lo que ahora padecemos y, como no, también la ocasión para mostrar una fe que madura al calor de las circunstancias.

TEMA DE LA SEMANA: ¿QUÉ NOS DICE ELLA ESTE 12 DE DICIEMBRE DE PANDEMIA?

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de diciembre de 2020. No. 1326