Por Jaime Septién

El 12 de diciembre será diferente. Ni peregrinaciones ni mañanitas. Los obispos mexicanos han buscado la prudencia y el fortalecimiento de la fe por encima del contagio y las aglomeraciones. Decisión difícil, pero necesaria. Nos piden que hagamos en cada hogar una “Casita de Oración”, como la que la Virgen le pidió al obispo Zumárraga, a través de San Juan Diego, hace 489 años.

Al decir el Papa Francisco que el Mensaje Guadalupano es el mensaje de la Iglesia universal y el de su pontificado, el Vicario de Cristo ha penetrado en la entraña del acontecimiento del que surgió el nuevo mundo. En tres sentidos: la protección maternal de la Iglesia; la unión como norma de vida y la misericordia como fuente de esperanza para los más pobres.

La Virgen no escogió como mensajero a un alto dignatario, sino a un recién conquistado indígena. Tampoco castigó al obispo Zumárraga por no haber cedido a sus ruegos en dos ocasiones. Y curó a Juan Bernardino, el tío de Juan Diego, no obstante éste último la trató de esquivar, camino a buscar un sacerdote.

¿Puede haber un mensaje más potente que el de Guadalupe? El Papa lo repite: o salimos juntos de la pandemia, por la oración y la solidaridad con los pobres; con la unión y la hermandad, o la barca se hunde. Como se hubieran hundido México y Latinoamérica sin Ella.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de diciembre de 2020. No. 1326