Por Jaime Septién

Me llama poderosamente la atención que la primera de todas las obras de teatro de evangelización puesta por los misioneros franciscanos en 1531-1533 tuviera como tema el Juicio Final. La sabiduría de estos grandes héroes de la primera hora de México interpretó, diez o doce años más tarde de la caída de Tenochtitlán, que había que mostrar a los indígenas la virtud y su relación con la vida perdurable.

Si algo da sentido a la vida de los hombres es la trascendencia y, desde luego, el trabajo por la salvación del alma. Los filósofos griegos como Platón y Aristóteles enseñaban que había que vivir como si nuestra vida fuera a ser juzgada. Dios revela, a través de Jesús, que efectivamente seremos juzgados. Más que una amenaza, el Juicio puede considerarse como la única vía humana para hacer el bien. Si no hay juicio, si no hay un Dios de justicia y de misericordia, ¿por qué voy a esforzarme en negarme a mí mismo y hacer el bien a los que me rodean?

Los franciscanos –con la obra teatral El Juicio Final que se montó en Tlaxcala y luego en Tlatelolco– pretendían enseñar a los indígenas del altiplano las virtudes de la vida buena y alejar de ellos la práctica de la poligamia. Sin criticar, sin mofarse de las costumbres, sin hacer escarnio de los conquistados, intentaban hacerlos penetrar en el misterio de la salvación. Fue la primera vez que en tierras de América se montó una obra. Aquél insólito espectáculo –dice Othón Arróniz– caló tan hondo entre los naturales que lo recordaban años después como “tlamauilzolli”: algo milagroso, maravilloso. Es lástima que hayamos perdido ese primer asombro ante el juicio final. Y ante la virtud.

TEMA DE LA SEMANA: EL TEATRO MISIONERO EN LA PRIMERA HORA DE MÉXICO

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 13 de diciembre de 2020. No. 1327